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INTERÉS

INTERÉS

Quasimodo

Las montañas que rodean este círculo colosal de palabras en permanente cirugía de conveniencia y regodeo, de ansias de conglomerado céntrico, son las mismas que ayer. Juro que es cierto. No sé por qué me sorprenden las máscaras de cara de cruz que lucen mis accionistas y allegados. Adónde llegarán las palabras que anteceden a un vendaval de desagradecidos que merecen todo.

Claro que sí… siempre nos quedan los obituarios. Devolveremos, irónica y superfluamente, a la vida con disimulo y frases de conciliación y apoyo a los que ya se han ido, atestiguando dones y sellando garantías en un romántico y cabal desfalco robótico y programado que esquiva descaradamente a la luz y sus virtudes. Siento antipatía por las pasiones de duelo, en los que no tenemos vela, y que arrancan cana a los acontecimientos cuando se pisa la tierra y se pueden saborear concurrencia y vicisitudes. Estamos muy ocupados con la estrategia y el beneficio. Di que sí… ahora nadie te está mirando. Nos venimos arriba, como si el reloj no fuera con nosotros, con las manos llenas de mierda un día detrás de otro. Y siempre somos capaces de más, lo que nos echen.

No tengo nada que declarar cuando todos están tan concentrados en hacer lo mismo. El ahora que consta si los cirios rodean catafalco, que aprisiona por su deshonestidad, desacredita  todos los debates con un silencio mortal de aplausos de manos huecas que pone los pelos de punta, péinate.

Nos abrazamos a los que ya no reconocerán la euforia, pero, un rato, vaya a ser que… Hay mucho que hacer. Cumplimos. Quizás a los que han perdido, tal vez a los débiles, asegurándonos que no levantarán cabeza para robarnos. El resto del tiempo miramos las fotos en las que salimos guapos, y nos ofrecemos para presentaciones en la embajada de las muecas en virtud de auspicio y enaltecimiento de lo que nos representa, de lo que nos corresponde.

VIA

Peaje

Porque si algo somos es protagonistas, dictadores de escaparate de bajo beneficio con los tobillos destrozados por los garrotes, con la lengua azul y la olla de póker, con las manos menguando al ritmo del desaire de un full de ases y una pareja de reyes que sabe más de tronos, azotes, joyas, prisión, que de gajes de oficio. Y que conste que no ando en busca de hospitalidad ante la prístina indecisión que antecede al homenaje de castillos en el aire, prefiero seguir mirando.

Somos tan ambiciosos que nos exhibimos al ver partir a los que hemos matado, vestidos para la ocasión. Qué son esos modales de unirnos para decir con Dios todos los días y luego andar jodiendo todo el rato. Tan convencidos por la inercia que el hola se queda en nada, en una masa corriente de labios hinchados de tanto moco artificial, de tanto vicio de saco roto. Veneramos a los que nunca hemos querido porque así es la vida. Qué dirían David Bowie y Leonard cohen un día después al ver a tanta gente desconocida mirando. O Galeano, imagínense qué discurso tal vez apolíneo, tal vez dionisiaco… El Sr Spok, Bauman, Prince. Qué dirán los que han cruzado la línea y nos miran desde el otro lado. Extravagancias. Cuáles serán las señales, ¿una lluvia torrencial? ¿Una medalla, un conato?

¿Por amor? Llámalo atadura, transacción. ¿Consecuencias del ser y estar y por si acaso? Fiebre de game over, arrebato. ¿Por hambre? El ayuno del que no se habla, porque es frontera y soledad rancia de manos heladas que de tan lejos no se les ve, y los ojos que no comprenden ni el alambre, no descifran el sabor que tiene el desierto, el desamparo suicida, la melancolía de las pequeñas cosas… Tú te equivocas, yo me equivoco. Todos contentos. Lo digo mientras se cuestiona dónde está la revolución y el disco gira y poco más.

Y ya que, además de mirarme detrás de tus manos que se frotan esperando un cambio de conversación, un giro a lo Henry James, una vuelta de tuerca, me tratas, como el que no quiere la cosa, tal que al loco en libertad condicional que defiende la vida de una mosca , de una mariposa. No me pides que concrete, y tratas de cambiar de tema. Tú no te preocupes. Y venga crema, y rienda suelta.

Sólo nos unimos para ovacionar a hombres y mujeres que se han ido, los animales no cuentan, ¿verdad, omnívoro desde tiempos ancestrales? El resto del tiempo somos infelices. Y luego, cuando hayamos muerto, dirán que fuimos gente estupenda.

 

OCOL

Amores que matan

Amores que matan

Cuando me dices te quiero, en sus formas infinitas, con los labios porosos, radiantes, conquistadores como un beso, dolor y sufrimiento me enredan a castigos, a una sumisión que me roba el aire que regala estas montañas en las que me escondo. La supremacía del ceder es un brazo de la espina que sostiene significados de nuestro paso por esta esfera flotante en la nada interminable, y sí, un poco me muero.

Pasión cejijunta, cante jondo.

Pretendida la entelequia, la quimera, llega, arrastrándose, un vacío inexplicable en el que no soy capaz ni de comprender lo que es el amor y por qué me ha elegido. Y aquí, en la distancia, soy protagonista de tú película de miedo.

Lo primero, planes de supervivencia, de aniquilación consciente al que no puede reintegrar. Lo primero tú, di que sí. Y mientras tanto, tormento, sacrificio, duelo, aversión, rencor y todos los sentimientos ásperos, perversos, que forman parte de lo que somos se anteponen a la sensatez que nunca deja de evolucionar hacia otros significados. Lo segundo, y lo tercero, es lo mismo. A que sí. El alma se me descoyunta.

La constitución de la dominancia se enreda en fórmulas divinas amasadas en inquina, animadversión, resentimiento, desconcierto. Y por lo tanto, en consecuencia, a colación del descubrimiento que pueda frenar la lujuria y la riqueza que se antepone a todo en tus almacenes de seres queridos. Sácame de aquí, no me dejes solo, me digo. No está solo, dices con los colmillos ensangrentados. Y yo, pálido, me echo a temblar.

Esa pistola, a quién apunta.

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La decepción es la estructura que, súbdita a un dios ilusorio, espera a que en la fragilidad nos entreguemos al rezo por si acaso cae la breva y nos cae en la boca entera.

El mal prevalece en las ordenanzas establecidas, un código paralelo, un verdadero dios omnipotente que castiga la inocencia y la credulidad sin pecado concebida. Y si hasta hay deidades que descienden de la simiente de una paloma, cómo vamos a perder la fe.

Mesías surgen de todos lados. Perfil de hombre macho, muy macho, que permitimos en llano para huevos cuadrados. Un macho que lo sabe todo. El principio, el final. Y sus pensamientos, al ser beatíficos e incuestionables, toman armas en posesión de la verdad, junto a mujeres que actúan como ellos, que verifican, pepino en mano, dándole la vuelta al espejo, lo injustificable. Qué cosas… Y, con la ley en la mano que mece desde la cuna, nos convertimos en seres inútiles, que en la espera, biempensantes y acólitos del titiritero que come billetes de pobres, de viejos, de enseñados, metido en una piscina de cristal en medio de su salón de cien metros cuadrados, gestiona nuestros días de vino y rosas. ¿Otra copa? Y con la barriga fuera del agua, enfriando grasa animal que nada tiene que envidiar a la panceta plastificada que aguardan en sus neveras, advierten que lo peor está por venir. El resto, palpitamos cual enjambre ponzoña, marabunta.

Tanto en cuanto la familia, que es un ente de amparo, de resguardo; dicen, porque algo tienen que manifestar ante los ejes del infierno, los pospuestos nos solidificamos excluidos de la matriz, dando tiempo al tiempo a una señal que no sea recíproca y que pueda asegurar fundamentos descarriados. Protección, por favor. Y digo yo ahora, de nuevo, que todos los argumentos, de los seres bienquistos, bien podrían llevarnos a ser cautivos entre conceptos de un bien hábil de entrega y de frases hechas, de un saber que responde todas las preguntas que terminamos por no hacer, porque el síndrome de Estocolmo dura para siempre en la tierra prometida, que cacarea y no pone huevo, y que da peras oriundas de un olmo que enraíza en el fuego eterno que arrojó, a manos de un macho muy macho, escrituras que aseguran orden y salvaguardia, justicia, teta para todos, retorno.

Mentiras todas, guerra santa o anticristo, núcleo y transición, homenaje a un mañana mejor, al que poder aplaudir. La Gran Obra del Rizo, un escenario con los mismos personajes, una celebración macabra, una boda, un bautizo. Calma diferida para el que ya no puede dormir, para el que ya no encuentre sentido a la vida y que, en la mazmorra, no le quedan paredes en las que escribir El Conde de Montecristo, en las que correrte. Alguien que se hunde en el lodo que aseguran ser regazo y comprensión de malevaje que drene en esperanza, sigue esperando. Camorra y profilaxia. Las mentiras que nos han enseñado todo, lo que pudo ser, lo que tendremos que dejar entre renglones para ceder espacio al deshabitado aceptable que nos sostiene en una galaxia perdida, una de planetas vacíos que jura soledad y muerte, una sujeta por un hilo de calma esteta y de alma difunta.

Y con todo esto, antes, amigos de amor cangrejo, memoricemos el guion. La opereta no tiene última página. Vecinos, compradores, asiduos, parecidos, colindantes, inmediatos, amigos otra vez, compañeros…, ojo a la entonación…

Reverenciados, ¡os quiero! Os quiero lejos. Plaquetas venenosas luego fronteras, y rayas, bordes, barreras, márgenes, umbrales que, en conversaciones al instante planes, nada pueden ya hacer por lo que ya se ha perdido tratando de empatizar en el laberinto de espejos que refleja pollas y tetas.

Cuando cae el imperio de la inexperiencia, la simplicidad, todos nos volvemos monstruos y nos alimentamos de egoísmo, nos maquillamos con envidia y nos vestimos de interés, de ruindad, deshonestidad, impurezas, picaresca, fingimiento, impostura, envidia, y creemos que los demás son como nosotros, que son lo mismo, blancos como un oso antártico en un polo que se derrite. Después de todo esto, la envidia en desazón de pataleta, la rivalidad, y la desconfianza que ya se ha hecho con el timón es una parte del proceso que ya no puedes más que aceptar. Luego llegan los insultos.

Y podría inquirir, pero quién soy yo para hacer una pregunta. Cuándo, después de ser un niño, una y otra vez, cuándo consentimos. Y no lo hago por epatar. Poco tardamos en traicionar a quien nos da la mano, en besar la mano del destructor, en mostrar la espalda en el momento crucial y dejar claro que lo nuestro, en boca de jurisconsulto tartar de la a, a la zeta, procede.

Control, manipulación a libre antojo. Porque lo que no podemos controlar es una amenaza y el botón rojo lo llevamos en el ombligo. Boom.

Vamos campeón, vamos atleta, para las víctimas de isla desierta el bolso es la meta.

Te mato antes que tú a mí. Yo a ti, sí. Y callando, a lo chita. Sin hacer comprobaciones por que la defensa propia es certera y el mal, por tanto, está justificado. Ya luego cualquier tiempo pasado, que siempre fue mejor, pasado está. Y mientras tanto, en el deshojo de margarita, seguridad ante el hado, confirmando que, de veras, el destino nos alcanza ya. Pero tranquilos, amiguitos del alma, mañana la bolsa repunta.

A que sí, muñeco, monigote, marioneta, maniquí, moña, polichinela obediente, te voy a cantar una nana. Duerme, duerme para siempre.

No hay nada, la galaxia está vacía. Cariño, cuando me dices te quiero, se me ponen los pelos de punta.

 

OCOL