Etiqueta: Rita Indiana

Malditos (El octavo pasajero)

Malditos (El octavo pasajero)

Malditos aquellos que vomitan discursos de afecto y convenio y que, como dragones que exhalen humo de vainilla, empatizan con la masa con la insinuación del carroñero que se acerca sólo para mirar y declarar que ellos no tienen nunca la culpa aunque aprovechen la ocasión y les tiemble la mandíbula de fauces de mantequilla. Juran ante la biblia de papel secante con seguridad de carnicero y levantan el hacha para degollar a la cabra en la trastienda de un espectáculo de ángel exterminador que dignifica a la vida que el humano reconoce como normal, rutinaria, lógica, universal, abundante. Ja. Se perdona, pero no se olvida.

Malditos seáis por participar en la puesta de largo de un nuevo número de trastero en ruinas en el que las estanterías son forzadas a especular haciendo zancadillas al que nunca estuvo allí, regalando polvo de chabola y disculpas que, disfrazadas de alcantarilla tapándose la nariz, piden recuperar el estatus que exige la dignidad corrida, con la polla de mantilla y la soledad del tallo que no conoce ni corola, ni raíz.

Malditos los que confunden bajeza con 2 de mayo por el derecho a la pataleta y, embadurnada de mierda, y vacío de maleta, juran la lealtad del que miente con la mano en el pecho en homenaje a la nobleza perdida. Ancha es Castilla, di que sí. Al día siguiente Goya levanta la cabeza y se da un golpe de realidad de invasión al ver cómo se follan por la derecha y por la izquierda sin necesidad de levantamiento ni Napoleón, al saber que si antes nos uníamos frente al enemigo, ahora la brecha está en el bar. Álvarez Dumont, y Sorolla, hoy, no sabrían cómo representar tal castigo al que nunca quiso cantar. Es lo que tiene esa lucha callejera que, al final, se confunde uno de calle y de trabuco si nunca sabe de qué bando está, si la realidad es que se la trae al pairo o tienen miedo del Canco… uuuuh. Y ya puestos, guerra o pasacalle, qué más da… cuesta, llano, pendiente o barranco si al final llegó el final. ¿Dónde va Vicente? En el carrusel de los amigos de las pancartas tan favor como en contra, los insurgentes no sólo atacan a los mamelucos, venden a su madre si es necesario mirándola a los ojos, de frente. Me miras, te miro.

Malditos seáis con ser vosotros mismos hasta el último suspiro.

OCOL

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Diario de OCOL: Veinticinco de julio de 2016, 7:15. Yo me doy por aludido cuando apareces.

Diario de OCOL: Veinticinco de julio de 2016, 7:15. Yo me doy por aludido cuando apareces.

 

espera

dos pasos

herida plañidera

caricia

cuerpo hambriento

alma que vuela

flor de escombrera

(Raquel Ruiz)

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tanto frío atraviesa el quebradizo esperador de antes del amanecer del último rugido que encubre tu boca y que despoja a mi alma del disimulo de amante incapaz de romances atestados de candor de indiferencia premeditada que carga con una hoz temblando los sueños desahuciados en lenta evaporación y la decisión tomada

yo me doy por aludido cuando apareces con el corazón en la lengua

invoca a tu dios y dile que no quiero olvidarte o improvisa algo convincente

invoca a tu dios y pídele perdón por eso y por nada

en esta partida soy un convincente crupier fingiendo imparcialidad en el enjaulado en tus miradas perdidas con los dedos rotos en pleno retroceso tras los claroscuros en vertical

no te vengas arriba

mengua

y desconcertado al olvidar las reglas del juego en el momento en que la mano se pone interesante

para colmo una balada

 

con el reparto de abandono casi perfecto me pierdo entre todo lo que contigo he ganado y nos vemos en un tú y yo sumando cuatro o cinco o seis aunque los dos sepamos no que es verdad

una pira inmortal de carne y cenizas trepa entre las montaña que juran frontera con los fluidos de la punta de nuestro iceberg antes de que podamos atravesarnos y convertirnos en pista de patinaje en distancias irreconciliables donde mueren antídotos y germinan venenos

dan un río que hace de muro

suena

espera

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lo nuestro

lo nuestro en un teatro sin butacas abandonado en un centro comercial inerme en un azul apático de flequillo descuidado

lo nuestro no era demasiado

es

 

por tu trasluz lo sé

pero si no he aprendido ni a coger tus manos imantadas cuando la derrota ya parece urgente en la contracorriente de mis brazos en tu espalda y mi boca en tus ojos y tus ojos en mi boca

un

dos

tres

estatua

es una pregunta

maldita esclavitud que parece poco

no puede ser me dice nuestro anclaje

ves

es una pregunta joder

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no puede ser mi asfixia y tu carne en pupilas deshabitadas y sin embargo luz y culminación solitaria y del revés y el amanecer y nuestros besos y el café

del café no me olvides

hoy también te echo de menos

 

lava cuajada y truenos

marabunta

y al secar la lluvia que escribe tu nombre

calma

no me hagas caso

no te intimides tentando a la suerte de tren

a romperte de próxima parada

 

y como si esto hubiera sucedido antes del atardecer y tú me estuvieras esperando con el rubor de tus mejillas de volcán arrinconado en ese beso inerte en un castigo hundido y tocado

eres mío dice la nada

la impavidez de tu intención no es roca en este acantilado donde el vértigo encaja con la altura y donde tú y yo deberíamos de empezar a ser valientes o mendigos

dices

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yo me doy por aludido cuando apareces

espero que no te alarme si te lo digo a la cara

nadie lo hubiera dicho nadie habría adivinado que tú y yo nos amáramos de aquella manera

ni siquiera tú y yo

OCOL

Colabora Raquel Ruiz, infinitas gracias, amiga.

Veintitrés de mayo de 2016. Un bosque de arqueros ciegos.

Veintitrés de mayo de 2016. Un bosque de arqueros ciegos.

Y luego aquella mesa, la treinta, la mesa azul Prusia con un galgo dibujado, la luz de las velas, el magnetismo de rincón, el vino travieso de fruta prohibida… Tus manos hacían sombras, conversación paralela, y yo me acariciaba el cuello, y mordía mis labios por dentro, con las córneas calientes en la persuasión de tu mirada, dejándote hablar. Atando cabos, viendo cómo te desnudabas.

La vida es eso, y poco más a fin de cuentas, respondía la condena, yegua salvaje. Y la soledad del pasillo escalaba paredes sin cuadros y la trampa, que sólo se abre para zurcir heridas, palpitaba mostrando una majestad fatua para ensamblarme con lo que nunca sucederá, queriendo borrar aquella imagen. Le di la espalda, y bloqueé el pensamiento como si fuera posible ante un espejismo de conversación de petaca que me quería atrapado, para encontrar la libertad de secuoya en terrenos pantanosos.

Y yo mirándote detrás de las llamas, imaginándonos entre las sábanas, apretados, retomando coincidencia de misionero. Diente de ajo, yuxtapuestos. Cara a cara. Ojo por ojo en malabarismos del deseo que jamás encuentra freno. Y, luego, en un segundo acto, la traición premeditada de los recuerdos que no querían perderse en un lejano sometido, se engalanaban. Una presencia patética que sabía de acometida, de límites, y de rechazo más que una monja con los puños apretados.

Aquel veintitrés de mayo no llegamos a dormir en un ahora o nunca. Se me venía la sonrisa, y, con la mandíbula prieta, otra vez tú. Y como todo el mundo que ha conocido al Amor, un bucle interminable que al saberse de oportunidades cada día menos probables se transforma en una espiral que nos va engullendo.

 

no marcarte y que ni sepas

sin hambre no quedan señales ni motivos de otras horas

caricias

lluvia de verano que tras la sonrisa del Sol se sabe perdida

lejana

(Raquel Ruiz)

 

Los recuerdos saben cuándo es su momento, son zorros, son lazarillos. He visto tu cadáver pasar en procesión cien veces, y, toda la coherencia y el camino que, entonando un solo de gusano que la vanidad nos repercute en avío posmoderno de crisálida, se hace interminable en su hiel de galería recreando figuras chinescas que acaban cerrándonos los ojos para ver el espectáculo interior, la procesión que va por dentro y que te lleva, con los labios cosidos, en volandas, con un brazo colgando, al aguajero del polvo a polvo mientras la orquesta de grillos anuncian el verano más cálido que confirma un otoño de capitales de bares vacíos y un frío que cala los huesos. Dejemos para mañana el invierno.

Y no fue todo, fue una mañana extraña, las imágenes de los amigos trascendían como sangre desfilando por las juntas de un suelo curvado, y, en un sabor de conquista, despisté, en las articulaciones de mi salto mortal, juramentos en falso para el careo que ya trazaba episodios de compartimentos estancos en los que habitaban ofrendas y promesas a las que, una vez más, arrinconaba en charlas vacías que se resbalan por los filos de lo olvidable. Deje mortecino. Me importaba un carajo, me decía sin saber bien a qué me refería. Me saqué de quicio por la hipocresía de los aburridos en la hora de devolver deudas, la gestión de conflicto y el repaso cooperativo abocado a un desastre de astucia lengua de víbora que perdía fuelle al constatar que la reciprocidad es excesiva siempre y cuando toca devolver el favor, ausencia de ahínco. Otra vez ellos. Me vi en el espejo y me reconocí gato en distancia de pelea de los camaradas de salón de cervezas y vinos baratos, en locales de ensayo de erección y calendario que ejecuta en patas de gallo y aliento fétido de la madurez mal llevada del mono vestido de cowboy, del estratega ornitorrinco, del pato que se cuenta las veintitrés vértebras para asegurarse cisne. Es ridículo, a que sí. Así fuimos la multitud que tiraba el reloj por la ventana pensando en comprar otro. Acaso mereció la pena. Siempre me despertó la curiosidad la autocompasión irreflexiva y visceral, un flechazo tan obsceno que prometía lealtad en un bosque de arqueros ciegos.

Veintitrés de mayo, me dije. Es lo que trae el teatro de trampa y cartón. Entrada floja, disparatada para un espectáculo que ya a nadie sorprende.

El pretérito próximo, y el viaje que representaba tal confusión. Tanta gente para tomar café y destapar los secretos que demuestran que no hay alianza incorrupta me sonaba a partido político urdiendo el plan para asaltar los tesoros con la lengua marrón descafeinada. Los que sin haberte siquiera mirado a los ojos y que saben todo sobre ti, lo que haces, sobre los que te manipulan, sin saber quiénes son, y tus aptitudes y procedimientos, como si hubieran dormido a nuestro lado toda una vida, decidiendo con el prólogo el resto de la historia. Idos a la mierda, gente infeliz que sin sabernos, manifiestan y tratan de influir en los procesos. Y fue un placer tal que bajar del coche en un atolladero y caminar en dirección contraria con la portañica bajada. Y con permiso de atar cabos llegar a conclusiones, porque hay nudos que fueron cuerda. Mensajes con palabras en mayúsculas como diciendo: has sido TÚ. En esos momentos regresaban las arcadas del error. Cuántas veces me había podido llegar a equivocar, cuánto tiempo desperdiciado. Opulencia, derroche, posición para después acabar en el juzgado circunstancial del o es conmigo, o contra mí. Generosidad blasfema, que impreca y reniega a la hora de firmar la reprobación.

Aquella mañana me desperté con la seguridad del retorno a un punto de partida, a después de todos esos hombres y mujeres que a fin de cuentas me habían costado sufrimiento, compromiso, desavenencia. Y me despedí, alud, de ellos para siempre. Aquel fue el último día. Al fin y al cabo ya estarían muertos, putrefactos y abandonados en una habitación sin perspectiva e inculcadas del eco moribundo de la esperanza que prometen los que necesitan ayuda para dar un paso. Acabados. Vidas de cien metros cuadrados y cualquier tiempo pasado que fue mejor que conduce al ático que es buhardilla polvorosa y sin tragaluz. Fascinados por el acto de sufrir, hinchados de odio y convencidos de un discurso de amanecer de rosca pasada. No llegaron ni a darme pena. Maldita retrospectiva.

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Paseaba por las callejuelas y pasillos de la Biblioteca Airanigami, sin conocer camino y tratando de zanjar procesos y echar el candado. Reiterándome, sabiendo de mi cautiverio como si estuviera dando una noticia en el telediario, retorciéndome en un miedo a una libertad que no supe sacar partido. Somos lo que somos. Maldita sea, me dije al despertar, entre sábanas húmedas, favoreciendo a los pensamientos umbríos del amanecer y que tumbados abarcan todo el cuerpo y que podrían asfixiarnos con la almohada.

Entonces te vi…

OCOL

Colaboran: Raquel Ruiz, suspiro de Haiku y remedio al aire que lo administra en un camino de no retorno. Qué portento. Y E.Maldomado (ilustraciones) en multiproyección de enmiendas y desenlaces con arbitrio de talento y poder de artista de esencia y transferencia. Cien gracias a los dos. Celebro vuestro trabajo.

Ilustración de portada: Saltimbanqui (2016) Maldomado.