Etiqueta: ráfaga de soledad

Malditos (El octavo pasajero)

Malditos (El octavo pasajero)

Malditos aquellos que vomitan discursos de afecto y convenio y que, como dragones que exhalen humo de vainilla, empatizan con la masa con la insinuación del carroñero que se acerca sólo para mirar y declarar que ellos no tienen nunca la culpa aunque aprovechen la ocasión y les tiemble la mandíbula de fauces de mantequilla. Juran ante la biblia de papel secante con seguridad de carnicero y levantan el hacha para degollar a la cabra en la trastienda de un espectáculo de ángel exterminador que dignifica a la vida que el humano reconoce como normal, rutinaria, lógica, universal, abundante. Ja. Se perdona, pero no se olvida.

Malditos seáis por participar en la puesta de largo de un nuevo número de trastero en ruinas en el que las estanterías son forzadas a especular haciendo zancadillas al que nunca estuvo allí, regalando polvo de chabola y disculpas que, disfrazadas de alcantarilla tapándose la nariz, piden recuperar el estatus que exige la dignidad corrida, con la polla de mantilla y la soledad del tallo que no conoce ni corola, ni raíz.

Malditos los que confunden bajeza con 2 de mayo por el derecho a la pataleta y, embadurnada de mierda, y vacío de maleta, juran la lealtad del que miente con la mano en el pecho en homenaje a la nobleza perdida. Ancha es Castilla, di que sí. Al día siguiente Goya levanta la cabeza y se da un golpe de realidad de invasión al ver cómo se follan por la derecha y por la izquierda sin necesidad de levantamiento ni Napoleón, al saber que si antes nos uníamos frente al enemigo, ahora la brecha está en el bar. Álvarez Dumont, y Sorolla, hoy, no sabrían cómo representar tal castigo al que nunca quiso cantar. Es lo que tiene esa lucha callejera que, al final, se confunde uno de calle y de trabuco si nunca sabe de qué bando está, si la realidad es que se la trae al pairo o tienen miedo del Canco… uuuuh. Y ya puestos, guerra o pasacalle, qué más da… cuesta, llano, pendiente o barranco si al final llegó el final. ¿Dónde va Vicente? En el carrusel de los amigos de las pancartas tan favor como en contra, los insurgentes no sólo atacan a los mamelucos, venden a su madre si es necesario mirándola a los ojos, de frente. Me miras, te miro.

Malditos seáis con ser vosotros mismos hasta el último suspiro.

OCOL

Dieciocho de julio de 2016, 3:50. Quien puso arrojo, dispuso pudores.

Dieciocho de julio de 2016, 3:50. Quien puso arrojo, dispuso pudores.

 

diana

 

me sumergí en su fluido como un elefante de ceniza

cazador sigiloso

casi anónimo

vencido de vida

ayer

hoy

mañana

 

 

 eras un cisne que aprendía a nadar y que al agitar las alas era baliza de fuego blanco

 

 

a quién quise engañar escondiéndome detrás de los contrastes de sombras de foso

dije

cuatro veces seguidas

 

te asalté delante de todos como si fuera un ladrón manco con la cara al descubierto que ardía en un infinito nublo e inmovilizado en delirios por la saliva de tu boca con un ansia de la que casi no me pude controlar a pesar del delito y el martirio de lo improbable en nuestro cortejo

todos dicen que dormías sobre la dulcera flotante

pero yo sé que ibas temblando

 

palabras mayores

crisálidas

hiperónimo

 

 

los dos sabemos que tú eras

yo estaba tan sólo en un hombre impreciso

en varios a la vez

impostores

galerna

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me mata la cobardía de aquellos cigarros de nudos y frases pálidas de mi reflejo en la piel de tu dorso

me mata la cobardía y el entusiasmo de la apariencia

te excuso de tu olor a incendio en la frecuencia en tu caverna y la autoridad ante mi efusión tumbándome sobre la partitura como si fuera el tabarro de Giacomo Puccini yaciendo mi nuez entre ruegos al filo de la espada por un ensueño de amor de contrabando

rodeados ya de ciencia

 

 

la resonancia de mi mano palpitaba como una gacela rendida en una trampa de astillas de arrebatos de poeta mirando hacia arriba

beodez en una jaula de espejismos y consecuencias de flechazo y eco de silencios cuando el tiempo enlazó el error y el aplomo insostenible de nuestro beso vagabundo

sé que el miedo nos ganó la partida

y perdiendo hay veces que se gana

congoja

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hoy

tonteé con la idea de anudarme a ti de oler tus labios de aferrarme a tus jadeos de saber tu cuerpo con las manos de asimilarte por dentro e incluso de consentir la derrota vigilando tu almohada desde afuera tirado en el mundo esperando a ver tu cara en cada orgasmo

es por mí por quién estabas suspirando

y por la luna llena

luego tu cuerpo en un laberinto de sábanas en tal mar estremecido de revelaciones de un espejo fugaz mirándote a las manos tras una señal

nada

paradoja

sarcasmo

 

 

desde el otro lado leías mis poemas sentándote en mi mano

y sé que no fueron visiones

basta de armarios

perdóname por romper vuestra cama

me encajé dentro de ti buscando libertad de mar adentro en mis viajes a ninguna parte y no comprendí la sonrisa que me encadenaba en cada despedida con la imagen congelada de mis ojos en ti

los borraba a todos y volvían a salir

 

quien puso arrojo dispuso pudores

calvario

invivir

 

no pude bajar la fiebre ni saciar mi hambre y aunque aquello no pudiera ser me maté pensando en nosotros fusionando amaneceres desnudos sin juramentos de piernas atadas y  dedos clavados en la arena

playas improbables de amargura

y tu cara en mi espacio exterior

firmamento innato

pavura

 

 lo intenté pero no pude volver a verte cuando las olas rompían en la piel de mi corazón faquir dibujando tu nombre con un alambre de espuma

                                                                                                                    sono come tu mi vuoi decían los gatos famélicos buscando tierra firme

 

bravura

ménage à trois

somos

sois

 

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raíz que pierde la memoria

recorrido

escanciando agua que calma

apaciguando a las deidades

encontrando en la abstracción la materia inservible en noches perdidas y hambrientas

y sed que habita en un pantano antiguo

y aroma de hojas muertas

(Raquel Ruiz)

nos acostumbramos en errante continuo de discretas que confirmaban locura como si el palidecer de mejillas fuera enfurecido una huida hacia delante de abrazos a través de la pared en aquel antes sin después moldeando una edición limitada

tonterías

parecía que todo sucediera en el suelo de la suerte que había llovido a merced de lo nuestro cuando un rayo me retuvo en aquel nada a cambio de nada

en aquel partir

un vagón sin próxima parada por devoramos en los reflejos de las distancias de futuro agotado deslizándose por la grieta de la nevada de mi resignación desapariciente en un puerto de montaña soberana alojado en el vacío

perdóname por romper vuestra cama

suyo

tuyo

mío

 

 

yo no era yo aunque lo pareciera pero tú sí eras tú aunque probablemente no lo fueras qué sé yo

debo negarlo

porque echar con cajas destempladas al amor es gris y es mármol en lechos de amnesia de una canción que llora por nosotros en el pedestal y no nos permite bailar apretados

no digas lo que pudo ser

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vuelvo

ha empezado a llover sobre nuestra cama de azúcar

desnúdate

matemos al sueño de amor

he de clavar el cuchillo en la tierra y hacerme cargo de tu cuerpo y del temblor de tus gemidos como si alguna vez yo te hubiera amado

y cuando acaba

empieza

espora

soy un loco luchando en abstracto y en aproximado por distinguir entre soñando contigo y contigo soñando

baja

 

                                                         más ahora

                 sí

                 no seas impaciente

 

olvidarte como al viento como si todo lo que yo ya pudiera hacer fuera entregarme sin antes perdonarte por tus manos escondidas y tu esquinazo contra voluntad en la fragilidad de tu aliento con los bailes de tus gestos

mi torpeza

coqueteando

y ahora que estoy entre tus manos pretender acabar con lo que nunca ha empezado no

no

no le pongo la mortaja a nuestro amor

 

mientras tanto

si te hace sentir mejor

sigue cavando

 

OCOL

Colabora: Raquel Ruiz, raíz que pierde la memoria… encontrando en la abstracción la materia inservible en noches perdidas y hambrientas… qué mejores palabras podría elegir: loco de amor por ver nuestro libro de poemas… cada día más uno somos en este universo inesperado… Muy agradecido.

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ostaviti glavu

 

 

vale ya rayo obstinado

 

yo soy nuevo en esto de la felonía

yo llego

y  me adentro en la tempestad

yo vengo

aunque te cueste creerme

verdad

 

al grano

me mata tu astenia consentida

convengo antes de saltar al vacío

 

me devora la pantera sobre el nenúfar de único rugido que está atravesándolo todo

circunspecta

mi sacrificio es en vano

caída

 

 y tus doctrinas de humo socorriendo a la niebla del futuro inmediato en la popa hundida

es una línea recta que se hace curva

es un garfio

una mano

otra curva

 

 

rematar no está penado

tranquilo

 

besos de arena para la hoguera de este camino de niebla mortal

calibrado por el báculo de las palabras en el vendaval de adentro

con la punta clavada en el suelo

sobre una cabeza

sigilo

 

y las pompas que se lleva el motín de las razones en el desván submarino de pactos de barro

explotan al nacer

 

y otra cría muerta

eliminada por su madre

hecha pedazos

víctima

cuilo

miserable

 

 

y los frenos de tu cautela que me están volando los besos

a qué cojones estás jugando

rotundo

 

vale ya rayo obstinado

vale ya

rayo obstinado

 

vale ya con la certeza sombría y el cúmulo de triza

y

palabras de amor ampolladas

 y

nuestra copa sin marcas de saliva

y

tus labios sin lanzadera

 se está desfigurando eso que era

vale ya rayo obstinado

ya

 

hoy que solo quedan profesores con vocación de espaldas

y que la tiza que se desliza deletreando Platón en los días en los que quisiera no es poder

se hace pájaro y pía

y como si nada

una viola

un violón

es

era

 

los acercamientos son porfías pautadas

bolsas picadas

vacías

limonada sin azúcar

 agua

 limón

 

y se traza con audacia en los silencios

tú y yo

tú soy yo

yo eres tú

pulsión de condena

tú y yo se extiende por el suelo de mi pecho como un árbol del revés

 

y luego mojarte los muslos

y los roces de mi barrena

gruñido

el peso de mi pecho tu espalda

 

en el menú desnudos rabiosos

 cortes de sable

adentro

acecho

ojos azules

 grises

me conformo con el cariño

 obediente

vale ya rayo obstinado

lombrices

 baúles

despecho

 

sudor mendigo en el jugo de tus besos incurables

insisto

hazlo ya

dime que sí me esperas allí

en sitio ninguno

no me has olvidado

tálamo de amnesia

llaves sin puente

sin candado

profundo inmutable

 

no me vayas

 yo adopto corduras para mi muerte en tu ombligo

lealtad que da miedo

un segundo

sigo

 

nubada de arredras sobre el tejado mientras llueve sobre tu silueta de polvo sostenida por la oscuridad

tan sólo llueve

tranquilo

es sólo el fin del mundo

 

OCOL

 

 

 

 

Veinte de junio de 2016, 2:10. A Clare la conocí una tarde lluviosa, sentada en el Eagle, un pub en Benet Street en el casco antiguo de Cambridge.

Veinte de junio de 2016, 2:10. A Clare la conocí una tarde lluviosa, sentada en el Eagle, un pub en Benet Street en el casco antiguo de Cambridge.

Antes de que se acabara el mundo, durante años, tres lustros por lo menos, he trabajado para la Universidad de Cambridge como investigador literario y miembro del consejo de relaciones internacionales con España, Centro y Sudamérica. Y en ocasiones con Portugal y Turquía. Hice culto a sus laberintos, a sus encantos y esplendores como buscando respuestas a cuestiones que todavía no había conseguido definir. Me dejé seducir por sus intrincadas fórmulas de incognito arcano, de secretos y enigmas que parecían encontrarse El Lugar oculto para el gentío del siglo veintiuno que se vendió a la mediocridad de los estados mínimos.

La adivinanza insondable y sibilina de la ciudad, recóndita, de anfibología clandestina y simétrica, de charada furtiva y hermética misteriosa, experta, y distinguida que se extendía tenebrosa y elegante, egregia, excelsa con una imponencia impresionante, y una extraordinaria personalidad que me ataba los machos en una búsqueda confusa y embaucadora, era extraterrestre. Y el carácter aristocrático y talante respetuoso, fraterno, me causaba una desconfianza que seducía al paisaje y que, imprudente, me atraía sin descanso.

Siempre pude moverme con exquisita autonomía, y era convocado tres veces por semana a las reuniones del alto consejo en la Biblioteca de la Universidad. Dispuse de tiempo, algo que no sabemos apreciar hasta que se pierde gran parte de él en un camino sinuoso que se puede convertir la existencia. Profesé una apasionada atracción por las sociedades secretas, los Apóstoles de Cambridge o la Chitchat Society, y anduve a la busca de respuestas a la masonería en sus incomunicados, y sus relaciones con Darwin. El asentamiento romano en Castle Hill o los fantasmas del Corpus Christi College, y por los Platónicos, y por lugares como la Round Church o el hospital militar que alberga enigmas y profundos cubiertos de amianto y que pondrían los pelos de punta a cualquiera.

No faltaban extremos que pudieran conjurar a los dioses de la rigidez, la severidad, y el reptar de las serpientes del desprecio y el complejo de superioridad supeditado a pináculos y cúspides y sus brotes de intolerancia al extranjero anónimo en puro apogeo detrás de un anteojo y bajo un sombrero límpido, adonde las sombras se hacían de carne y hueso. Jekyll y Hyde, te suena… Autoridad, riqueza. Yo no dejaba de ser hispano, moro, gitano. Connivencias del hombre. Y los expulsados de la clase media, los que nunca salen en las remembranzas prefabricadas de documental, supusieron sal para mi pepino. Cambridge ha relucido a través de su oscuridad y ha sido eclipse atajando su luz siempre. Su belleza excesiva lastraba sus calles, su esmero la dotaba de unidad, su verdor, la floresta sagrada, su intangible virtuoso y la maldición de la ciudad perfecta de eternidad indiscutible, civilizada y decadente.

Ludwig Wittgenstein, M. R. James, Max Planck, Arthur Hallam, Bertrand Russell, E. M. Forster, Francis Bacon, Lord Byron, Srinivāsa Aiyangār Rāmānujan o Erasmo de Róterdam fueron jeroglíficos y esparcimiento de una propiedad pura e innovadora. Yo refocilaba en recreos de un calibre que me fueron incluyendo sin que yo me diese cuenta. Un día era parte de ella, de la ciudad, a pesar de no ostentar título, ni una posición clara en prácticamente nada. Los personajes de mi historia se elevaban en expectativas que dieron significado a periodos que parecían fruto de mi imaginación. Y cada día buscaba el jardín secreto, sin descanso, sin aliento.

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He de admitir que la ciudad me desnudó de algo, y me soltaba, desamparado, en un proceso de cicatrización que nunca llegó a concluir en verdad, una especie de pasión de sangres invisibles, de discípulos confusos por sus sentimientos desordenados y los traidores, y sádicos, que nunca faltan en ninguna historia. Incluso hoy que estoy solo en el mundo, les tengo un hueco guardado. Y a pesar de Triana, y Alejandro. Luego ya, el día a día de la madurez fatal que se hace protesta indefinida y silenciosa, luego ya el calendario chico, el reloj que corre como las candelas, la monotonía de manual que nos han prometido, cumple, cumple sin miramientos, las manos ibéricas de las estancias prefabricadas del sur, adonde el sin dios parece un privilegio y adonde la jerarquía que mueve los hilos no sabe multiplicar sin calculadora, adonde se prefiere a la pobreza esclavizada en la hacienda del gigante con panza que hasta de cadáveres se alimenta, dejando desierto el futuro imperfecto que descubre la magia: leyéremos las bibliotecas, no vaya a ser que confundamos el ayuntamiento con la Bastilla. Al pueblo ciego: atontamiento. El Al-Ándalus de revolución, no, nunca, rebelión, como mucho.

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Regresar a España me trincó los espacios de esparcimiento, me sisó las horas que antes había dedicado a la expansión y me encerró en una oficina todas las horas que exigían las reformas laborales que hace de la casa una cama en un tercer grado sine die. Autorresponsabilidad, chaval. Quizás tenga mucho que ver con mi forma de olvidar. Yo siempre quise ir a la Alpujarra y derramarme en ríos y nieves, en paisajes inhabitados. Mi otro extremo no era el aburrimiento en boga, sí la simplicidad contrapuesta a Cambridge, pero no el juego en paralelo, la insistencia, la redundancia, lo invariable, y el pillaje, la rapacería encubierta de las aulas, el timo, el chantaje de un tropel de representantes del pueblo, y el peso de los banqueros y los oradores corrompidos en los entramados del pensamiento, en los fondos de una casta machista que apesta.

Ahora todo se ha terminado. Las calles de Cambridge estarán deshabitadas, limpias, florecidas, intactas, y vacías. Y ante mí tengo fenecida a Andalucía, devorada por el mar Mediterráneo.

 

orgasmo faquir

tan sólo un paseo

apenas un viaje

un parpadeo

un vuelo raso de peajes sin decidir

(Raquel Ruiz)

 

Y cada día buscaba el jardín secreto, sin descanso, sin aliento.

A Clare la conocí una tarde lluviosa, sentada en el Eagle, un pub en Benet Street en el casco antiguo de Cambridge. Clare, y su tez inmaculada, sus manos hinchadas, lejana, escribía en una libreta manoseada con furia, hablaba sola, en un tono que me atrajo al momento. Tendría entre cuarenta y tres y cuarenta y ocho años, la tetas caídas y estaba cubierta de pecas, con los labios envenenados, y dulces. Tosía de forma nerviosa de vez en cuando y tapaba, y luego destapaba, unos muslos rollizos, abandonados, como parte de una manía extraña. No pude quitarle un ojo de encima. Cuando se dio cuenta de que estaba allí, parado, mirándola, se comportó de un modo irritante quizás pensando en que yo estaba juzgándola y enredando en un estado de contemplación indiscreto, o quizás mi sonrisa intrigada le resulto un ataque. Una hora después estábamos charlando sobre poetas románticos, una de mis conversaciones preferidas a la hora de mostrar mis encantos y engatusar. La persuasión del conocimiento es capaz de todo si las cautivas en la soledad ruin se han bebido los libros, suelen ser. Las menos bonitas, según los cánones comerciales, aman el arte y la las letras, y se visten de una retórica paciencia, de una resignación culta y poco lógica.

Recorrimos la ribera del río Cam, y hubo un momento en el que sintió miedo, puede que pensara que la iba a matar cuando ya nadie nos protegía con su presencia, o algo peor, sus ojos cambiaron por completo y se enfrascó en una lucha en la que dominó el deseo. Y fue en ese momento en el que me acerqué a ella, y me pegué a su cuerpo. No la besé. Quieta, le susurraba al oído. Ella respiraba como una animal atrapado entre el miedo y un deseo incomprendido y autoritario. Quieta. Su cuerpo ardía, palpitaba, y sus manos trataban de ponerse sobre mí, sin saber elegir el lugar adecuado, dudosas. Me apreté a su cuerpo, sintiendo su vacío. La escasez era palpable. Pegué su espalda a la pared, y olí su cuello como si fuera a chuparle la sangre. Ella palpitaba. Quieta. No la besé. Bajé mis manos por su costado, y apreté mi cintura a su sexo. Ella abrió ligeramente sus muslos macizos, puse mi rodilla entre ellos, debajo de su sonrisa vertical. Luego gimió. No la miré a los ojos. La embestí dos o tres veces, y a pesar de los pantalones vaqueros, mi verga. Gimió, besándome el cuello, yo la dejé. En el momento en el que mis manos llegaron entre sus piernas, haciendo que se separaran al instante, se mojaron mis dedos. Ya empecé a respirar fuerte yo también cuando amasaba su vulva carnosa y resbaladiza. Quieta. Y cuando llegó al orgasmo yo ya me había corrido, cuando echó la cabeza para atrás y empezó a trepidar, saqué mis dedos del molde y la miré. Abrió los ojos, me miró con la boca abierta, y luego llevó su mano izquierda a terminar la faena. Gimió, reparando. Las que se saben guapas están atentas de otras cosas, y ella gritó, sin avergonzarse, gritó sí, sí. Luego yo salí corriendo perdiéndome entre los árboles…

Nunca volvimos a vernos.

OCOL

Colaboran: Raquel Ruiz, quién sabe si es o está, o las dos cosas, en el sueño que da candores de gato y tesauro de convicción absoluta a mi laberinto. Y Manuel Antonio Domínguez Gómez (ilustraciones y fotografía) con el seno de la cúspide abierto en seis pedazos anegados de fisiones que transmutan lo intangible, con las puntas rozando estrellas que prometen infinito. Cien gracias por vuestra generosidad y grandeza al dejarme decorar con tanta belleza mis paisajes sonoros y sentimentales. Soy un niño que quiere saber…

http://www.manuelantoniodominguez.com/

 

Trece de junio de 2016, 5:58. A ritos prohibidos, a indebidos y clandestinos.

Trece de junio de 2016, 5:58. A ritos prohibidos, a indebidos y clandestinos.

Desperté con la sensación de haber hecho el Amor arrebatadamente, de haberme deshecho de pensamiento y nadado en el arroyo tu pubis, de encontrarme en mi piel sudorosa como si me hubiese ido para volver resiliente, fortalecido. Olía a ceremonia, a sacrifico. Y en la combustión de mí hacia fuera dejé mi rastro por toda la Biblioteca. Incendio, huego en un desván que siempre permanece cerrado y que nunca prende lo que somos a pesar de las brasas y palabras que dicen todo cuando nadie está escuchando. Eco de caverna. Carbón que precede al polvo que ninguno puede evitar.

Recordé tu llamada, era una tarde que no te presentía, una, cactus, de puntas de rocío aplanado por el calor que se adueña de las sombras. Él se iba a Coruña, y tú te arreglabas mejor, decías. Nunca entendí bien el mensaje. Pensaste en mí y en el juego del que habíamos desertado, decaídos como avispas que tratan de huir del agua y que agonizan moviendo las patas en la superficie, en los preliminares inacabables de una partida que no podía llegar a tomar condición de sí misma, abandonando por si acaso acabábamos buceando en la soledad gris. Qué casual es el ritmo de la audacia que nos envuelve de fervores torpes y reprimidos por el compromiso de los pactos de tono mediocre que nos mantienen lejos de la diana, de eso va la supervivencia del ser humano, de conveniencias desde la teta al punto de fisión. Es posible que fuese que conceptuabas tener toda una vida por delante, como si en tu fuero interno creyeras que merecías más. Por culo. Y al colgar moriría como sucede en cualquier emergencia, sin haber llegado a Roma, los caminos que se multiplican como conejos, y que se dividen a su vez con los esfuerzos por no darle forma a la pasión que no sabe de finales, expectantes de ofrenda y fuegos naturales, y así noche y día. No quise, no. Después de que me dejaras, iba y volvía, pero no quise ya más. Nuestra naturaleza era idiota. Imaginé cómo caerían tus bragas en el suelo, y observé los pies encontrados, separando los dedos, respirándome fuerte en el oído. Te besé como un lobo antes de aullar a la luna llena y volví a pegarme a la pared, empalmado.

Estuve excitado toda la mañana. Y no recordaba nada que pudiera justificar tal carácter enaltecido por las emociones. Y siendo yo, absolutamente, pensé en Anaïs Nin y el rincón de lectura con las sombras del diablo en la alfombra. Y luego me encontré a través de Jean Genet, Henry Miller, Claude Le Petit, Pierre Klossowski, Andréa de Nerciat, alternando con obras que hablaban de mí, y en Ana Rossetti y Sylvain Maréchal justo cuando se puso el sol sobre los tejados que todavía salían por la puerta de los carros, romboides, en el espejo del agua mirando la noche tumbarse sobre él, dándole una imagen brutal mientras yo llegaba a un nuevo orgasmo pensando en ti.

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Desde los ventanales del sur se veía la ciudad zambullida, sumergiéndose un poco más cada día en aquel mar naranja. Sólo algunos rascacielos escapaban del abismo que devoraba las costas y entraba en la ciudad. Y estar tan arriba sin poder bajar, aunque quieras, jura la mayor de las desdichas. Quizás ya habían muerto todos. Siempre se me ataba un nudo en el estómago al ver el avance de Poseidón, y mis argonáuticas se reducían a aquel lugar ahogado en papel. Miré a David Bowie, la vaca azul Yves Klein, y ella me miró a mí, descolgándome de aquellos pensamientos, luego se acomodó en la moqueta de espuma rosa, con matices de accidente amarillo cañón. Una mirada…

Cuando era un muchacho llevaba el deseo a flor de piel, y algo que no comprendía y que confirmaba algo más que una señal feroz se hacía de mí, se hacía conmigo y me cambiaba el gesto, la mirada. Me dejaba dominar con los olores corporales en la ropa, en las sábanas. La esencia característica se anteponía al resto. Y no era sólo algo sexual, que lo era mucho, también sucedía con aquellas personas que trataban de protegerme o hacerme daño. Había un componente, peligroso, que le daba permiso a un lado oscuro que me vencía y que me concedía el aspecto del tipo raro que, en los primeros días, nadie se atreve a saludar. Y me destiné a emociones fuertes, a ritos prohibidos, a indebidos y clandestinos. Sobretodo gozaba al masturbar a mujeres poco agraciadas, disfrutaban más que las guapas que nunca se atreven a nada. Quieta, les decía en el oído, quieta, susurrante, con mi voz de tenor y mis manos especialistas, quieta. Y ellas se quedaban quietas, cerraban los ojos esperando mis labios. Yo me pegaba a ellas, y apretaba, quieta. Y las adulaba con lascivia, las hacía gritar. Y cuando se iban a correr, a veces, las penetraba entre el brazo y el costado, entre los pechos, los muslos, en los dobleces de sus carnes. Cuando era un muchacho llevaba el deseo a flor de piel, y algo que no comprendía y que confirmaba algo más que una señal feroz se hacía de mí, se hacía conmigo y me cambiaba el gesto, la mirada. Y nunca me inhibí, mi goce era más importante que tanta tontería. Mujeres casadas de todas las edades, solteronas, desmejoradas de la química, travestidos que pedían galanterías a voz en grito perdidos en una feminidad que les hacía frágiles y desamparados, inseguras. Yo les daba lo que les hacía falta. Gozaba al masturbar a mujeres poco agraciadas, bajar la mano bajo el ombligo, enredarme con la exuberancia y humedecer mis dedos enseguida en la suavidad hambrienta, disparando desde los mínimos, apresurándome para devolverles entusiasmo, delirio, frenesí. Y mi lujuria se expandía si la respuesta era creciente, inflamada, febril, de una fogosidad aterradora. La gente retocada no necesita favores, se bastan.

Y en mis interiores, Chopin, Paganini y Schumann, y luego David Lynch, David Lynch durante mucho tiempo, demasiado quizás.

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pronta la ingesta de ojos malditos

barren

apenas

rozan

ni siquiera en caricias de no saberlas agarradas

y arañada el alma

sangrado

que mil roces no me olviden

(Raquel Ruiz)

Y, después de revolotear Antártida, el cuervo, por el paraninfo de techo inmortal, el peligro tocó en la puerta que sabía de los extremos inmutables. Las galgas levantaron la cabeza. Todos miramos hacia ella, hacia la puerta, extrañados como políticos honestos que ven luz en las catacumbas de la ley subscripta, de los programas y cicatrices de la mafia, colusiones y caterva, y ganzúas, y bandoleras. Todos miramos hacia ella, extrañados por la prudencia de su mudez y por la tregua que se extingue en elementos de interrupción, la tregua que se descubre siempre en la clausura de la quietud contenida. Y deducciones, desvíos, ángulos y un ciego que abotona.

Era el pecado, que venía a ajustar cuentas conmigo. Quizá hubiere llegado mi momento, quizás seguiría enganchado de alguno de los anzuelos, todavía, y en reminiscencia de medusa me conduje a la escena. Antártida, el cuervo, batía sus alas y crascitaba, crascitaba, y el retumbo le daba un toque finito de batalla, cuando los cuerpos terminan de expirar y el viento promete frío y arena para unos ojos que ya lo han visto todo. Pecar, incluso en los misterios, en los falsos púlpitos que elevaron a San Agustín entre la razón y la fe, en la interioridad del desnaturalizarse para existir, para tensar las venas, en el si enim, fallor sum que desordena los deseos incumplimos, porque nosotros siempre incumplimos.

Pecar, pecar, es una atmósfera diluida, contraviento de las condiciones de un clima de profundis adverso, que da conciencia tras el sufrimiento, biota de ti y de mí que nos contuvo un día entre apariencias inútiles que fuimos trazando en las encrucijadas y rostros que hablaban de nosotros. Y pensaré cien veces en ti, pero ya nunca serás digna de recuperar lo que fue sólo tuyo.

El pecado es vivir a medias, es el silicio con el que os sobornáis buscando una salvación que no habéis jamás deseado, la mortificación corporal que combate tentaciones, en serio, ésa no es la pasión, es poner el listón aplastándonos los pies, atascando callos, tejidos que no comprenden los motivos de un no que se ampara en el mañana, seguro de que lo mejor está por llegar: no, miser. El futuro nunca llega y, entonces, la condena es eterna.

Finalmente entra en escena la superstición y nos advierte, insinúa, denuncia, revela que acumular inmundicia, podredumbre, esperanza en fermentación, atrae malas energías. Da mal fario. Proporcionar placer debería ser aspiración, designio, meta, el destino del que todos hablan mientras se aburren con sus soluciones que no justifican medios ni fin. Consumaciones que empieza demasiado pronto para la mayoría. Puedo acordarme de las caras. Pecar nada tiene que ver con Dios, él abandonó en tres días al saber cómo éramos, al confirmar que estábamos más interesados en nosotros mismos, en el dinero, que tanta genuflexión era mentira. Dios lo sabe todo. Le dio vergüenza y se disfrazó de montaña. La desobediencia a uno mismo, y transigir, excediendo en una paciencia nerviosa, e inquirirnos en la alarma y seguir por el camino fácil es para colgar el hábito, no lo pongo en duda. Gastrimargia, fornicatio, avaritia, superbia, ira, tristitia… fracasaríamos todos a la voz ya. Y tú me apresaste, yo soy sólo fui tu víctima. Y a pesar de las cadenas, aquí estoy… qué quieres que te haga…

OCOL

Colabora: Raquel Ruiz . Gracias amiga, apasiona el reflejo del silencio que nos une, en estos espejos que nada saben de imagen. Al otro lado estoy. Muy agradecido.

 

Seis de junio de 2016, 2:54.

Seis de junio de 2016, 2:54.

Subí por las escaleras con una extraña sensación de pérdida, una pérdida que conocía en las rutas paralelas, en las líneas que recorren los contornos de una razón descalabrada en el intento, en el esplendor de conciencia y la simple maniobra de seguir hacia adelante, sin dar un paso, y que se lucía impensada en la conspiración de una calma total que no pasaba inadvertida. Subí las escaleras con una extraña sensación… una que perduró en el tiempo y que brotó como un renuevo verde esmeralda que aparta la arena y se despereza en la inconsciencia que concede la belleza más auténtica, la que sólo sabe sin saber que sabe y se deja llevar como lo hace el deseo que está hecho de viento y de ingenuidad. Subí por las escaleras y me introduje en las calles de la Biblioteca Airanigami. Inducido por su seguridad y su clarividencia.

Pude haber escogido Cumbres Borrascosas, por el paladar frío e incontinente, siempre me dije que esos Amores son los más auténticos. O El joven Werther, qué se yo. Y de qué pueden servir los motivos, o los alrededores, que nos intrigan los bajos fondos, lo que marca es el hierro candente. A lo mejor La mujer Justa, podría haber sido, sí, Amores secretos que consumen, o por ende una edición extraordinaria del Conde de Montecristo, pero no. Y todos esconden pasiones cruzadas y el romanticismo necesario para afrontar la forma de Amar más elemental, pero soy un necio y un mortecino. Elegí a Blake, a William Blake, y sus cantos a la inocencia, y él lo ocupó todo, él y las consecuencias de su brutal irreflexión contagiosa. No puedes reconocerte en todos los espejos, ni hallarte en lo cotidiano. Existe un tejido implícito en nuestras circunstancias que articula, que arraiga, que consolida la energía que provocan nuestros actos. La felicidad es la coincidencia del querer y del poder, y dura los segundos que dura un orgasmo, es la consecuencia, las maneras, el cómo más elemental. Pensar mata poco a poco, y la felicidad no está hecha de palabras, ni sabe de simulacros, no son siquiera sensaciones con las que nos engaña le mente, la felicidad se gana y el karma es su carcelero. La felicidad no se manifiesta en los que ya han muerto, huye del miedo, huye de los que llevan el alma sucia y la boca llena de piedras. Adónde ha de estar la verdad, y para qué nos puede servir su presencia en un lugar de odio y destrucción, me dije para mis adentros. Luego sonreí, en los últimos peldaños, en plena oscuridad, en mí, esencial en las conveniencias, independiente, antes de llegar a mi habitación en la torre emparedada, mi habitación, mi punto de encuentro, adonde se reconoce la cometa que ha perdido cordura y timonel. Sonreí con un estremecimiento sutil y apasionado bajo el ombligo, como cuando sabes que nadie te está mirando y te juzgas rebajando la malicia que nos llevará a la tumba, la crueldad que en nosotros resulta comprensible. Leí las primeras páginas, los tatuajes se estimularon en un yo interior que parecía despertar de un coma. Cimbré como un clítoris. Esa energía. Y, entre tanto, yo, extendido. Y no, no pasó algo más aquel día.

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Que no entiendo la casualidad

Porque yo no voy con los momentos de otros

Y ni la verdad de un segundo enciende una llama

Que no entiendo un suspiro ni un roce que se derrama

Porque importa qué el fuego me marque y ardan mis labios y halla ceniza en mis ojos

no entiendo que se olviden los nombres de mí mientras viva la eternidad.

(Raquel Ruiz)

 

Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado, en sus esquemas de madera el golpe de vida te abría los ojos y ahondaba, se replegaban disposiciones que a veces parecían esquemas de algo etéreo, la temperatura y el efluvio de los cuerpos, el amparo de las voces y las conversaciones, y las risas, en las tonalidades y reminiscencias del caldeado que se atribuye a un conjunto de partículas que afloran en el recreo de una tarde lluviosa y enrevesada en una niebla que engaña las formas del final de las calles y las perspectivas. Adónde residirá la realidad, y cómo podremos reconocerla.

Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado y me abrí paso entre las mujeres y los hombres que brindaban y que, elevando la voz, me hacían partícipe de sus escenas, al rozarles, al disponer mi mano en un hombro desconocido, de alguien a quien jamás había visto.

Necesitaba un trago, y mis ojos no dejaban de mirar las caras de las mujeres y los hombres que brindaban y que también investigaban y centraban sus pupilas en lo desconocido que tanto nos gusta a los monos vestidos a la última moda y que hablan sin parar sobre sí mismo y sus imbecilidades. Qué ridícula puede llegar a ser la imagen de un puñado de inconsolados que acomodan su cara en la almohada con el rabo arrugado, con las tetas colgando, y los labios babeando más noches de la cuenta a la semana. Demasiadas, sabes. Qué ridícula puede llegar a ser la imagen de los que seleccionan sus estrellas, en momentos cruciales, tan sólo por una imagen que vale mil palabras que no pueden entender por la gula del vampiro. Y si la luna llena bajara a mirarles, frente a frente, elegirían tirarse una oferta de última hora para luego morir un poco después de los veinte segundos. Ja, ja, ja… me río con nervios y dudas.

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Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado, al cruzar la abundancia de fascinantes piezas de escaparate la vi a ella, recolocando su pelo como si se fuera a poner a cantar aquella canción de Siouxsie and the Banshees. Ella. Como si estuviera a unos fotogramas de cruzar sus ojos con los míos. Sentí unas ganas brutales de fumar y, aunque no estuviese permitido, saqué la cajetilla y la abrí, cogí un cigarro y lo llevé mis labios intranquilos. Lo encendí. Desprendía algo increíble mirando la barra. Parecía un unicornio, un trueno, carne boreal, un gigante caminando por el océano, y su proceder fatuo e imponente, prometía bengalas y arena blanca.

No sé cómo era su cuerpo, no podría darte datos para ponerte en las candelas, pero su cara, la forma en que estaba sentada, el juego de sus dedos en la pantalla del móvil, su boca en la copa, me pusieron burro. Mientras tanto, daba caladas y dejaba a una nube envolverme. Existía con la sensación de haber nacido solo.

Nos encontramos, y las miradas se fueron repitiendo, continuaban en una lluvia de alcances, preguntas y contundencia, una contundencia desmadrada.

Entonces llegó él y le dijo algo al oído mirándome a mí. Tú giraste la cabeza y me volviste a aprisionar con el brote de entre tus piernas. Nunca lo negaste. Por un momento me sentí desconcertado, pero luego me fui conformando. Aunque eso sí, no podía dejar de mirar para el rincón adonde estabais.

Luego apareciste detrás de mí, y te pegaste a mi espalda. Nos vamos, dijiste. Y parecía una consulta que se había disfrazado de afirmación. Vienes. Sí.

Y él. Él viene también.

Habían pasado diez minutos, quince, y paseábamos por, ¿Manhattan, Madrid?, qué más da. Verdad.

Me llamo, te llamas, soy, vengo, qué total, venga ya, y muchas formas que anticipaban a algo que no entendía. Llovía ligeramente. Es cierto que ella ocupaba toda la imagen, pero, detrás de ella, él también contaba, no sabría explicarlo.

Y luego ella otra vez, y esa rareza, esa autoridad, dominio, influencia, potestad. Joder… Algo brutal.

Me decía ven. Y yo era una presa, cediendo. Y en sus sombras los ojos de él, una suavidad masculina, leve, capaz. Verdad. Él viene también, y yo no le daba forma, no me hacía con las ideas. Sólo ella, ella y esos efectos, y él.

La besé con ansias. Nos besamos los tres. Ella me consumía, y él me distinguía de ella, me remediaba con caricias decisivas, y en la combinación me rozaba la mejilla con el reverso de sus dedos, me olía el pecho interponiéndose con acercamientos firmes e intermitentes, y tenues, agudos. Y deseé en todo momento las manos de ella sacándome la ropa. La danza de él. Y me hice en la confusión y la codicia de lo que es fugaz y que se presenta como algo dudoso pero ineludible, y no pude decir que no, yo quise. Gemidos. Tácticas de escenas borrosas, y el tono por las nubes, salido. Calor. Inconsciencia. Y mi contenido en expansión, en confines, sin patria, sin banderas, sin nada que objetar e incapaz de tomar la iniciativa. Susurros. La voz de ella, la de él detrás de ella. Las manos. Hubiese. Y navegué en un espacio indefinido en siglos de cien instantes de vacío, inclinación y voracidad. Quizás hubiera un hilo de maldad, de sed en exceso, de ansia. Luego subió la espuma y nos cubrió por completo de cúspide y encaje. Borrachera, confusión, hechizo.

Amaneció y nos miramos. No hablamos. Amaneció y nos miramos, incluso ahí, en ese fragmento de algo que empieza a perder el equilibrio, y a pesar de las garras, la heridas cicatrizando. Y, en la concisión de algo pleno, el silencio se rompió en cien pedazos…

OCOL

Colaboran: Raquel Ruiz y sus qué que se abren como una flor carnívora. Con los rayos del plexo y la barbaridad elevada a la cúpula de ah de la casa que se sabe abierta. Bella. Y E.Maldomado (ilustraciones) en expresiones de eternidad y emociones chacales que desdibujan lo que se dice real con manifiestos de máxima exponencial y reminiscencias del silencio. Gracias a los dos por vuestra generosidad que da sentido a esto que llamamos todo el rato.