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Adiós

Adiós

Es verdad que siempre sentía un miedo incontrolable, uno que intimidaba al arte que trasciende a lo tangible y que se desviste sin mayor intención que dar golpes invisibles hasta traer lo que hay más allá. Es verdad, y a mí me gusta sentirlo. Me envuelve en una capa de piedra. El cielo está vacío, me decía constantemente, pero en el vacío hay algo que rompe la ecuación como si fuera un texto ininteligible que concluye en soluciones; y eso es lo que estaba buscando.

Volver a verte me abrió los ojos. Fue una huida hacia delante. Los falsos camaradas pierden la fuerza en el abre los ojos, y llevar un hacha apuntalada al hombro te compone, los movimientos son más consecuentes con lo que pueda pasar, dijiste. Atraías la luz que hay al final del túnel, y yo iba harto de noche. Volver a verte me abrió los ojos. Nunca pude tocarte, y tu aliento me seguía perturbando, tu luz. Eres como un zorro que se hace el muerto sobre la cama. No pude moverme y, aun así, las sensaciones de antes empezaban a recorrer mi cuerpo. Como sangre cruda que escupe el corazón y que atraviesa el cuerpo, helándolo. Levedad, confianza.

La conversación duró toda la noche y, con el amanecer, cuando ya no teníamos nada más que añadir, me preparé para verte desaparecer en lo que quedaba de negro subterráneo en nuestro desván. Levantaste la mano, hiciste el gesto; y susurraste: sin perdón, ella debe morir.

You want it darker, we kill the flame, diría Leonard Cohen.

OJO AL SUELO

Cuando te fuiste, salí de la casa. Bajo las luces de la mañana empezó el proceso de descongelación, y fui cautivo de un nuevo sentimiento. Caminé hasta el coche, pesadamente. Los pájaros se posaron a las ramas de los árboles que rodeaban la casa. Diez pájaros, cien pájaros, mil. No cantaron, sólo miraban. El siseo del viento me trajo la sonrisa a los labios, palpé con la lengua mis colmillos. Luego me arrodillé, cogí arena con las dos manos y me las froté con tanta fuerza que me clavé los filos de algunas piedras pequeñas en las palmas, en los dedos. El dolor que no surte efecto, a pesar de las heridas, y que asegura la muralla que en realidad se esconde bajo nuestra piel compasiva, asediada por la consciencia, es lascivo, es visceral. Recuperé las dudas y la fragilidad como el que busca una bola de pelo detrás del sofá. Me escupí en las manos, las froté, luego bajé la cremallera y oriné encima de ellas mirando el horizonte que se esconde tras el ramaje. Humo. Sin atisbar extravío, o desconcierto, sin pestañear. No me cabía en el pantalón. La orquesta iba afinada; y yo iba a por ti, ensayando la despedida con la rabia que promete conclusiones tras la ceremonia, cierre. Subterfugios que harían reconocibles y justificados los actos de cortar a dos tramos lo malsano que habías introducido en mi copa. No tenías otra cosa mejor que hacer… y la devolución siempre sale cara, y ya van corrompidos superficie y anónimo, por lo menos.

Mientras conducía en las curvas, veía tu cara y esa expresión apenada hasta los huesos, tu estructura calada en desconsuelo, en ansias por no se sabe qué, la precipitación, el relámpago, la urgencia inconsolable, el desamparo, la melancolía y esa falsa ingenuidad, y las sonrisas cabeza de turco que se traducen en frases artificiales por si acaso se puede apretar más, quizás por un rencor impropio en personas sin alma, quizás por desafección, una desafección muy tuya, muy típica en los aferrados al paso de los que no llevan sombra. Y, para qué atajar la coherencia que me llevó a aquel punto y final, unos párrafos más y ya estaríamos listos.

Lo vi en tus ojos, en tus gestos. Qué culpa tengo yo de que fuese tu turno, me dije apretando las muelas.

La fibra del verdugo, sin entrenamiento, se traduce en apatía, en indiferencia, en una lasitud que nos lleva al camino de los tristes, adonde la muerte empieza a hacerse invulnerable y cada día un poco más consciente, reflexiva, escrupulosa y perseverante. Si levantas el pie, se hacen contigo. Y también somos feroces, crueles, obscenos, no os olvidéis. Y yo no perdí la atención. Si el mal no se hace en ti, no eres más que un juguete del destino, un muñeco. Y la mejor defensa es el combate ante tormentos como tú.

Fue la última visita, la última cura. Y era verdad, merecía morir. Estuve mirándola tanto tiempo, en a las marcas de una agonía que se forma tras las fracturas del exceso, que los gritos buscaban donde no había…, y no hubo eco.

Qué le vamos a hacer.

OCOL

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Tabula Rasa

Tabula Rasa

Primera carta de Silaš Rijeka 

El día de Luna de Saturno, y polvo de estrellas de ayer, te recuerdan qué, dime. Fue la primera vez que nos miramos con la profundidad que renuncia al significado y la trascendencia de equipaje. Y, con tanto polvo, mi camino desapareció tratando de arrebatar título a mi fortuna, tú lo sabes, eres un gran equilibrista.

Ahora puedo atreverme y no imprecisar una gota de aquellos volcanes. Puedo recordarte y no aspirar a hacer un nudo, he aprendido, mañana. El tiempo es buen remedio a los caudales perfumistas en la avalancha de turno, en los ciclos, en la moridera de las estaciones que rubrican taje.

Qué será de aquella puerta sin casa, de nuestra ventana.

Tus ojos parecían míos, tu risa. Y la piel de tu cuello regazo de mi declaración nebulosa, mi batalla cubista.

En los botones que palpaban tu pecho, y sus peticiones de compostura, tu reciente ya era pasado ante mi aliento y daba por hecho que mientras tú hablabas de nada mis artes ya estaban, en la pregunta que calla, confundiendo a tu camisa con tanta emergencia.

Fue la primera vez que toqué tus dedos, cómo voy a olvidarlo.

Una valla eléctrica y, en la travesía, en aquella nube, un estandarte. Sangre mojando los pies. Y la brisa azulada, y el miedo a lo que no es mentira que susurra Lovers are Strangers, te puso los pelos de punta.

Geometría del universo, sensatez, qué sé yo ahora que de tan lejos la boca se me desnuda por la seguridad del fuego transparente que no anduve. Y en la lejanía, una coincidencia.

Tu cuerpo parecía mío, tus suspiros. Y en la hiel que acede el paladar, en tu lengua, me hice camino sabiendo que la gloria sería amarga, que tanto amor sería sombra de un juego de silencio en la luz de todos los días.

Qué se sabe de la eternidad, pregunté de repente. Por dónde muere, por dónde mengua, grité desesperada.

Quién no se doblegaría ante la llave que abre La Jaula, un giro, quién pisa el suelo y se consuela con lo que pudo haber sido, con la ausencia. Qué será de aquella tabula rasa.

Qué será de lo nuestro,

 

Silaš Rijeka

 

OCOL