Etiqueta: MALDOMADO

Dieciocho de julio de 2016, 3:50. Quien puso arrojo, dispuso pudores.

Dieciocho de julio de 2016, 3:50. Quien puso arrojo, dispuso pudores.

 

diana

 

me sumergí en su fluido como un elefante de ceniza

cazador sigiloso

casi anónimo

vencido de vida

ayer

hoy

mañana

 

 

 eras un cisne que aprendía a nadar y que al agitar las alas era baliza de fuego blanco

 

 

a quién quise engañar escondiéndome detrás de los contrastes de sombras de foso

dije

cuatro veces seguidas

 

te asalté delante de todos como si fuera un ladrón manco con la cara al descubierto que ardía en un infinito nublo e inmovilizado en delirios por la saliva de tu boca con un ansia de la que casi no me pude controlar a pesar del delito y el martirio de lo improbable en nuestro cortejo

todos dicen que dormías sobre la dulcera flotante

pero yo sé que ibas temblando

 

palabras mayores

crisálidas

hiperónimo

 

 

los dos sabemos que tú eras

yo estaba tan sólo en un hombre impreciso

en varios a la vez

impostores

galerna

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me mata la cobardía de aquellos cigarros de nudos y frases pálidas de mi reflejo en la piel de tu dorso

me mata la cobardía y el entusiasmo de la apariencia

te excuso de tu olor a incendio en la frecuencia en tu caverna y la autoridad ante mi efusión tumbándome sobre la partitura como si fuera el tabarro de Giacomo Puccini yaciendo mi nuez entre ruegos al filo de la espada por un ensueño de amor de contrabando

rodeados ya de ciencia

 

 

la resonancia de mi mano palpitaba como una gacela rendida en una trampa de astillas de arrebatos de poeta mirando hacia arriba

beodez en una jaula de espejismos y consecuencias de flechazo y eco de silencios cuando el tiempo enlazó el error y el aplomo insostenible de nuestro beso vagabundo

sé que el miedo nos ganó la partida

y perdiendo hay veces que se gana

congoja

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hoy

tonteé con la idea de anudarme a ti de oler tus labios de aferrarme a tus jadeos de saber tu cuerpo con las manos de asimilarte por dentro e incluso de consentir la derrota vigilando tu almohada desde afuera tirado en el mundo esperando a ver tu cara en cada orgasmo

es por mí por quién estabas suspirando

y por la luna llena

luego tu cuerpo en un laberinto de sábanas en tal mar estremecido de revelaciones de un espejo fugaz mirándote a las manos tras una señal

nada

paradoja

sarcasmo

 

 

desde el otro lado leías mis poemas sentándote en mi mano

y sé que no fueron visiones

basta de armarios

perdóname por romper vuestra cama

me encajé dentro de ti buscando libertad de mar adentro en mis viajes a ninguna parte y no comprendí la sonrisa que me encadenaba en cada despedida con la imagen congelada de mis ojos en ti

los borraba a todos y volvían a salir

 

quien puso arrojo dispuso pudores

calvario

invivir

 

no pude bajar la fiebre ni saciar mi hambre y aunque aquello no pudiera ser me maté pensando en nosotros fusionando amaneceres desnudos sin juramentos de piernas atadas y  dedos clavados en la arena

playas improbables de amargura

y tu cara en mi espacio exterior

firmamento innato

pavura

 

 lo intenté pero no pude volver a verte cuando las olas rompían en la piel de mi corazón faquir dibujando tu nombre con un alambre de espuma

                                                                                                                    sono come tu mi vuoi decían los gatos famélicos buscando tierra firme

 

bravura

ménage à trois

somos

sois

 

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raíz que pierde la memoria

recorrido

escanciando agua que calma

apaciguando a las deidades

encontrando en la abstracción la materia inservible en noches perdidas y hambrientas

y sed que habita en un pantano antiguo

y aroma de hojas muertas

(Raquel Ruiz)

nos acostumbramos en errante continuo de discretas que confirmaban locura como si el palidecer de mejillas fuera enfurecido una huida hacia delante de abrazos a través de la pared en aquel antes sin después moldeando una edición limitada

tonterías

parecía que todo sucediera en el suelo de la suerte que había llovido a merced de lo nuestro cuando un rayo me retuvo en aquel nada a cambio de nada

en aquel partir

un vagón sin próxima parada por devoramos en los reflejos de las distancias de futuro agotado deslizándose por la grieta de la nevada de mi resignación desapariciente en un puerto de montaña soberana alojado en el vacío

perdóname por romper vuestra cama

suyo

tuyo

mío

 

 

yo no era yo aunque lo pareciera pero tú sí eras tú aunque probablemente no lo fueras qué sé yo

debo negarlo

porque echar con cajas destempladas al amor es gris y es mármol en lechos de amnesia de una canción que llora por nosotros en el pedestal y no nos permite bailar apretados

no digas lo que pudo ser

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vuelvo

ha empezado a llover sobre nuestra cama de azúcar

desnúdate

matemos al sueño de amor

he de clavar el cuchillo en la tierra y hacerme cargo de tu cuerpo y del temblor de tus gemidos como si alguna vez yo te hubiera amado

y cuando acaba

empieza

espora

soy un loco luchando en abstracto y en aproximado por distinguir entre soñando contigo y contigo soñando

baja

 

                                                         más ahora

                 sí

                 no seas impaciente

 

olvidarte como al viento como si todo lo que yo ya pudiera hacer fuera entregarme sin antes perdonarte por tus manos escondidas y tu esquinazo contra voluntad en la fragilidad de tu aliento con los bailes de tus gestos

mi torpeza

coqueteando

y ahora que estoy entre tus manos pretender acabar con lo que nunca ha empezado no

no

no le pongo la mortaja a nuestro amor

 

mientras tanto

si te hace sentir mejor

sigue cavando

 

OCOL

Colabora: Raquel Ruiz, raíz que pierde la memoria… encontrando en la abstracción la materia inservible en noches perdidas y hambrientas… qué mejores palabras podría elegir: loco de amor por ver nuestro libro de poemas… cada día más uno somos en este universo inesperado… Muy agradecido.

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Once de julio de 2016, 7:03. h-hda¡idh)inc&ieh+jnk=ñamxl,pà,c eñlmlamceinincieq ml´kjiabud

 

ostaviti glavu

 

 

vale ya rayo obstinado

 

yo soy nuevo en esto de la felonía

yo llego

y  me adentro en la tempestad

yo vengo

aunque te cueste creerme

verdad

 

al grano

me mata tu astenia consentida

convengo antes de saltar al vacío

 

me devora la pantera sobre el nenúfar de único rugido que está atravesándolo todo

circunspecta

mi sacrificio es en vano

caída

 

 y tus doctrinas de humo socorriendo a la niebla del futuro inmediato en la popa hundida

es una línea recta que se hace curva

es un garfio

una mano

otra curva

 

 

rematar no está penado

tranquilo

 

besos de arena para la hoguera de este camino de niebla mortal

calibrado por el báculo de las palabras en el vendaval de adentro

con la punta clavada en el suelo

sobre una cabeza

sigilo

 

y las pompas que se lleva el motín de las razones en el desván submarino de pactos de barro

explotan al nacer

 

y otra cría muerta

eliminada por su madre

hecha pedazos

víctima

cuilo

miserable

 

 

y los frenos de tu cautela que me están volando los besos

a qué cojones estás jugando

rotundo

 

vale ya rayo obstinado

vale ya

rayo obstinado

 

vale ya con la certeza sombría y el cúmulo de triza

y

palabras de amor ampolladas

 y

nuestra copa sin marcas de saliva

y

tus labios sin lanzadera

 se está desfigurando eso que era

vale ya rayo obstinado

ya

 

hoy que solo quedan profesores con vocación de espaldas

y que la tiza que se desliza deletreando Platón en los días en los que quisiera no es poder

se hace pájaro y pía

y como si nada

una viola

un violón

es

era

 

los acercamientos son porfías pautadas

bolsas picadas

vacías

limonada sin azúcar

 agua

 limón

 

y se traza con audacia en los silencios

tú y yo

tú soy yo

yo eres tú

pulsión de condena

tú y yo se extiende por el suelo de mi pecho como un árbol del revés

 

y luego mojarte los muslos

y los roces de mi barrena

gruñido

el peso de mi pecho tu espalda

 

en el menú desnudos rabiosos

 cortes de sable

adentro

acecho

ojos azules

 grises

me conformo con el cariño

 obediente

vale ya rayo obstinado

lombrices

 baúles

despecho

 

sudor mendigo en el jugo de tus besos incurables

insisto

hazlo ya

dime que sí me esperas allí

en sitio ninguno

no me has olvidado

tálamo de amnesia

llaves sin puente

sin candado

profundo inmutable

 

no me vayas

 yo adopto corduras para mi muerte en tu ombligo

lealtad que da miedo

un segundo

sigo

 

nubada de arredras sobre el tejado mientras llueve sobre tu silueta de polvo sostenida por la oscuridad

tan sólo llueve

tranquilo

es sólo el fin del mundo

 

OCOL

 

 

 

 

Veintisiete de junio de 2016, 8:20. Pegar mi cuerpo a ellas era crucial…

Veintisiete de junio de 2016, 8:20. Pegar mi cuerpo a ellas era crucial…

La literatura tiene un carácter litúrgico, pero no vale con mirar la portada y ojear la sinopsis,  desencadena el subjuntivo de las mentes aleccionadas por el régimen, y, lo amamanta meta-corpóreo. El pensamiento se esfuerza más en escena que en reflexión porque el hombre se halla en el ver para creer. Como si ver algo lo hiciera creíble. Cuánto dura un dogma. Devoré El retrato de Dorian Gray en dos tardes lluviosas de finales de junio tumbado en el sofá, desnudo. Cambridge se elevaba, presumida y, a la vez, supersticiosa, adalid de la majestuosidad, apabullante en sus aires románticos. Experta y transgresora, abogaba en una resbaladiza tensión contenida. Los grises, la bruma, en una complicidad incomparable por su concierto y vocación de misterio, deshacían las distancias y daban a la lluvia, leve e imparable, condición de presagio. Me gustaba pegar los pies a la ventana y sentir la vibración de la tormenta.

Para los que éramos de fuera no había un mal gesto, si algo me gustaba de Inglaterra era que te podía atender en la ventanilla del banco una señora negra de cien kilos, o un joven tatuado hasta los labios, me acercaba al mundo que existe en mis adentros, me llenaba los ojos. En España seguíamos en una posguerra adjunta que aparentaba evidencias de progreso en la involución de lo cotidiano, en costumbres grotescas, sorprendidas de la cruel modernidad, que no nos dejaba dar pasos largos. Sólo los bebés, y los chinos habían encontrado cierta amabilidad dotada de normalidad en el trato, en los restos de lo que quedaba de la Europa podrida, y era porque vendían barato y no construían relaciones con nosotros. Su frialdad, su distancia, les hacía parecer frágiles, y nos hacían creer superiores, es la magia del respeto reflexionado, la mano izquierda en una sociedad machista que todavía tenía la desvergüenza de orgullecer ante la tauromaquia o torneos en los que acorralaban a un animal para luego asesinarlo vilmente entre vítores y niños aprendiendo del anticristo que habita en nuestro interior. Y la unión hace la fuerza, y lo más suculento de la globalización que era el mestizaje y la multiculturalidad, en España, todavía levantaba a muchos del sofá, como si fueran dueños de algo. Qué triste. No, no había un mal gesto pero sí una película que nos posicionaba en desniveles contradictorios, era corteza, escamas que recubrían los accesos a asientos y titularidades, pero, después, reconocían que las fronteras no eran tales cuando se exige fundamento en las victorias. Las puertas nos pesaban más, y, las posturas y gestos nos surgían exóticos e inusuales y nos daban un estilo inseguro y a la vez atractivo para ellos, y tras los asuntos interiores, en la complicidad se hacían largos caminos, sinuosos, con un destino dudoso, pero que, a fin de cuentas, eran caminos que iban, y venían. Y yo no podía quedarme quieto.

Mi despertar lujurioso impregnaba todo, le había perdido el miedo a la vergüenza y me soltaba, impúdico, sin aquella lejana sensación de no estar lo suficientemente bueno para las elegidas en el mercado frívolo de la carne, adonde lo que ves es lo que hay. Era ágil, había metido mis manos entre sus piernas para aprender, estaba atento de los puntos clave y me quedaba mirándolas fijamente, averiguando señales de placer, tratando de escuchar, de entender los matices de sus  gemidos, en el ritmo de su respiración, o proyectando los sobresaltos, siempre tratando de ir más lejos. Combinaciones, innovación para ti y toda la gente, chaval.

Pegar mi cuerpo a ellas era crucial, mostrar la fuerza bruta incontinente en su justa medida, excitable, sin tapujos, ardiente; las excitaba rápido. Y la verga, era la magia de la ciencia. Y sin cadenas se corre urgente. Manso, dócil, delicado, y vigilante, pero sin forzar. Sabes. Era rápido. Cuando mi mano llegaba a la paridera la acaparaba como a un dios que necesita ayuda, resurgiendo, rozando con mis dedos el espacio que une los muslos con la vulva, sin ejercer presión en los labios, dejándome empapar, imponiendo sutileza y decisión, contundencia. Lo que más me excitaba era el momento en el que se entregaban por completo. Hay un hilo invisible que une a los cuerpos que han de saberse en el desenfreno, en la lujuria propia del vicio del que nadie puede escapar. Pegar mi cuerpo a ellas era crucial, mostrar la fuerza bruta incontinente en su justa medida, excitable, sin tapujos, ardiente. Y apisonar con las manos llenas en un baile muy de Dorian Grey.

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la risa no puede limpiar garabatos

es sorda e invita al jaleo

la risa no puede limpiar garabatos

es imposible suprimir lo manchado de hechos

la risa no puede limpiar garabatos

se atragantan con las palabras que regresa en el quebranto

(Raquel Ruiz)

 

Pero si casi todos estabais solos, casi todos dormíais al filo de la cama, con las ganas secas, aburridos de menguar. No recuerdo ni a dos parejas que si hubieran tenido la oportunidad de lanzarse a un romance tórrido con una desconocida, con un desconocido que jurase obscenidad, frescura y goce, delectación, molicie, erotismo y entrega, satisfacción, no habrían salido corriendo sin mirar atrás, con lo puesto. Vale. No recuerdo dos parejas que no justificaran el paso de los días en entretenimientos, viajes, y desahogo, errando entre bailes de disfraces, cubatas y cumpleaños de chiquillos. Huyendo del cara a cara, cansados de actuar. Las conversaciones a centímetros dan mucha bola, con los muslos montados. Las conversaciones a centímetros han de proyectarse en los espacios, y hace falta carne, sudor, convenios de silencio, protección y lugares comunes. Y no valen los camarotes para esto, y tampoco se haya en la habitación de un hotel. No te engañes en el esparcimiento de la novedad, en la tomadura de pelo de los lugares en los que recuperar la pasión perdida. El Amor se procesa en las celdas, con el roce, en lo cotidiano que es adonde reside la esencia y el enigma, en lo sucio, en el esfuerzo, e invariablemente en el ahora que creemos pasajero. Punto pelota. Lo que pasa es que se nos escurren los meses esperando a que uno de ellos llegue, y después se vaya. Y puestos a encontrarnos en lo sublime, qué mejor ambiente que el del deseo.

La misión de mis fuegos, destinada a despertar del sueño de la etapa del abandono a víctimas de la complacencia y la corriente, deshumanizados en las pautas marcadas, era la fuerza que emanaba de los cuerpos que habían bajado el listón y se había obsequiado a una madurez calendarizada en la prudencia y el discernimiento fingido, en corduras medidas en los ritos del  dinero y la reflexión comunitaria, a la formalidad de la experiencia que se halla tras la batalla que nos lleva de la juventud a un laberinto de amaestrados, a hijos de ventrílocuos despiadados a los que hemos entregado todo. Sin jornada de reflexión, ni períodos de prueba. Crudo, predecible. Qué pena. Mesura, moderación, dignidad, cortesía, lealtad, y claro, orgullo y ambición, y sin embargo, nada es como se supone que debería ser, y luego tú te unes, y haces igual, fingir. Y así siempre, vamos, no me digas. Con el retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde se posicionó en el filo de lo imposible, esperando el empujón divino de lo correcto, algo ideado por hombres que representaban leyes y seres divinos, para cogerte los huevos, los ovarios, y hacerte la cuenta de la vieja con el poder en la palma de la mano, para que puedas verte chupándole la verga colgona y apestada, a cambio del perdón y una paga cuando ya casi no puedas moverte. Qué no explicaría bien la ciencia. Oscar Wilde lo sacaba a pasear: el dinero mueve las placas tectónicas de Plutón y hasta enredaría a bellos impúberes, efebos, Lolitas y vírgenes suicidas que, entregados a la ficción, erigirían la realidad antes de los bocados. Y adquirir a quien posea la hermosura y la agilidad de no poner pegas, es lo que es, que sí, que cuesta billetes. Esclavos de la culminación y la magnificencia, la dignidad de una belleza que no permite al espejo reflejar más que lo se ve. Su elegía a un Amor inmoral que coge una mano arrugada en la rabia del artista que todos llevamos dentro, el ansia de lo idealizado que aborda antes de cualquier entrante. Y mientras tanto el tiempo se va escapando, y nosotros jugamos a las casitas, queriendo estar guapos… No sé yo. Muriendo un poco, soltando guita, recordándolo todo lavando los trapos. Qué sé yo.

OCOL

Colaboran: Raquel Ruiz, y no me canso de decirte gracias. Tú que has sido fiel, munífica y salvaguardia en los callejones de la amistad que no pide nada a cambio. Suerte no, lo siguiente.

Seis de junio de 2016, 2:54.

Seis de junio de 2016, 2:54.

Subí por las escaleras con una extraña sensación de pérdida, una pérdida que conocía en las rutas paralelas, en las líneas que recorren los contornos de una razón descalabrada en el intento, en el esplendor de conciencia y la simple maniobra de seguir hacia adelante, sin dar un paso, y que se lucía impensada en la conspiración de una calma total que no pasaba inadvertida. Subí las escaleras con una extraña sensación… una que perduró en el tiempo y que brotó como un renuevo verde esmeralda que aparta la arena y se despereza en la inconsciencia que concede la belleza más auténtica, la que sólo sabe sin saber que sabe y se deja llevar como lo hace el deseo que está hecho de viento y de ingenuidad. Subí por las escaleras y me introduje en las calles de la Biblioteca Airanigami. Inducido por su seguridad y su clarividencia.

Pude haber escogido Cumbres Borrascosas, por el paladar frío e incontinente, siempre me dije que esos Amores son los más auténticos. O El joven Werther, qué se yo. Y de qué pueden servir los motivos, o los alrededores, que nos intrigan los bajos fondos, lo que marca es el hierro candente. A lo mejor La mujer Justa, podría haber sido, sí, Amores secretos que consumen, o por ende una edición extraordinaria del Conde de Montecristo, pero no. Y todos esconden pasiones cruzadas y el romanticismo necesario para afrontar la forma de Amar más elemental, pero soy un necio y un mortecino. Elegí a Blake, a William Blake, y sus cantos a la inocencia, y él lo ocupó todo, él y las consecuencias de su brutal irreflexión contagiosa. No puedes reconocerte en todos los espejos, ni hallarte en lo cotidiano. Existe un tejido implícito en nuestras circunstancias que articula, que arraiga, que consolida la energía que provocan nuestros actos. La felicidad es la coincidencia del querer y del poder, y dura los segundos que dura un orgasmo, es la consecuencia, las maneras, el cómo más elemental. Pensar mata poco a poco, y la felicidad no está hecha de palabras, ni sabe de simulacros, no son siquiera sensaciones con las que nos engaña le mente, la felicidad se gana y el karma es su carcelero. La felicidad no se manifiesta en los que ya han muerto, huye del miedo, huye de los que llevan el alma sucia y la boca llena de piedras. Adónde ha de estar la verdad, y para qué nos puede servir su presencia en un lugar de odio y destrucción, me dije para mis adentros. Luego sonreí, en los últimos peldaños, en plena oscuridad, en mí, esencial en las conveniencias, independiente, antes de llegar a mi habitación en la torre emparedada, mi habitación, mi punto de encuentro, adonde se reconoce la cometa que ha perdido cordura y timonel. Sonreí con un estremecimiento sutil y apasionado bajo el ombligo, como cuando sabes que nadie te está mirando y te juzgas rebajando la malicia que nos llevará a la tumba, la crueldad que en nosotros resulta comprensible. Leí las primeras páginas, los tatuajes se estimularon en un yo interior que parecía despertar de un coma. Cimbré como un clítoris. Esa energía. Y, entre tanto, yo, extendido. Y no, no pasó algo más aquel día.

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Que no entiendo la casualidad

Porque yo no voy con los momentos de otros

Y ni la verdad de un segundo enciende una llama

Que no entiendo un suspiro ni un roce que se derrama

Porque importa qué el fuego me marque y ardan mis labios y halla ceniza en mis ojos

no entiendo que se olviden los nombres de mí mientras viva la eternidad.

(Raquel Ruiz)

 

Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado, en sus esquemas de madera el golpe de vida te abría los ojos y ahondaba, se replegaban disposiciones que a veces parecían esquemas de algo etéreo, la temperatura y el efluvio de los cuerpos, el amparo de las voces y las conversaciones, y las risas, en las tonalidades y reminiscencias del caldeado que se atribuye a un conjunto de partículas que afloran en el recreo de una tarde lluviosa y enrevesada en una niebla que engaña las formas del final de las calles y las perspectivas. Adónde residirá la realidad, y cómo podremos reconocerla.

Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado y me abrí paso entre las mujeres y los hombres que brindaban y que, elevando la voz, me hacían partícipe de sus escenas, al rozarles, al disponer mi mano en un hombro desconocido, de alguien a quien jamás había visto.

Necesitaba un trago, y mis ojos no dejaban de mirar las caras de las mujeres y los hombres que brindaban y que también investigaban y centraban sus pupilas en lo desconocido que tanto nos gusta a los monos vestidos a la última moda y que hablan sin parar sobre sí mismo y sus imbecilidades. Qué ridícula puede llegar a ser la imagen de un puñado de inconsolados que acomodan su cara en la almohada con el rabo arrugado, con las tetas colgando, y los labios babeando más noches de la cuenta a la semana. Demasiadas, sabes. Qué ridícula puede llegar a ser la imagen de los que seleccionan sus estrellas, en momentos cruciales, tan sólo por una imagen que vale mil palabras que no pueden entender por la gula del vampiro. Y si la luna llena bajara a mirarles, frente a frente, elegirían tirarse una oferta de última hora para luego morir un poco después de los veinte segundos. Ja, ja, ja… me río con nervios y dudas.

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Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado, al cruzar la abundancia de fascinantes piezas de escaparate la vi a ella, recolocando su pelo como si se fuera a poner a cantar aquella canción de Siouxsie and the Banshees. Ella. Como si estuviera a unos fotogramas de cruzar sus ojos con los míos. Sentí unas ganas brutales de fumar y, aunque no estuviese permitido, saqué la cajetilla y la abrí, cogí un cigarro y lo llevé mis labios intranquilos. Lo encendí. Desprendía algo increíble mirando la barra. Parecía un unicornio, un trueno, carne boreal, un gigante caminando por el océano, y su proceder fatuo e imponente, prometía bengalas y arena blanca.

No sé cómo era su cuerpo, no podría darte datos para ponerte en las candelas, pero su cara, la forma en que estaba sentada, el juego de sus dedos en la pantalla del móvil, su boca en la copa, me pusieron burro. Mientras tanto, daba caladas y dejaba a una nube envolverme. Existía con la sensación de haber nacido solo.

Nos encontramos, y las miradas se fueron repitiendo, continuaban en una lluvia de alcances, preguntas y contundencia, una contundencia desmadrada.

Entonces llegó él y le dijo algo al oído mirándome a mí. Tú giraste la cabeza y me volviste a aprisionar con el brote de entre tus piernas. Nunca lo negaste. Por un momento me sentí desconcertado, pero luego me fui conformando. Aunque eso sí, no podía dejar de mirar para el rincón adonde estabais.

Luego apareciste detrás de mí, y te pegaste a mi espalda. Nos vamos, dijiste. Y parecía una consulta que se había disfrazado de afirmación. Vienes. Sí.

Y él. Él viene también.

Habían pasado diez minutos, quince, y paseábamos por, ¿Manhattan, Madrid?, qué más da. Verdad.

Me llamo, te llamas, soy, vengo, qué total, venga ya, y muchas formas que anticipaban a algo que no entendía. Llovía ligeramente. Es cierto que ella ocupaba toda la imagen, pero, detrás de ella, él también contaba, no sabría explicarlo.

Y luego ella otra vez, y esa rareza, esa autoridad, dominio, influencia, potestad. Joder… Algo brutal.

Me decía ven. Y yo era una presa, cediendo. Y en sus sombras los ojos de él, una suavidad masculina, leve, capaz. Verdad. Él viene también, y yo no le daba forma, no me hacía con las ideas. Sólo ella, ella y esos efectos, y él.

La besé con ansias. Nos besamos los tres. Ella me consumía, y él me distinguía de ella, me remediaba con caricias decisivas, y en la combinación me rozaba la mejilla con el reverso de sus dedos, me olía el pecho interponiéndose con acercamientos firmes e intermitentes, y tenues, agudos. Y deseé en todo momento las manos de ella sacándome la ropa. La danza de él. Y me hice en la confusión y la codicia de lo que es fugaz y que se presenta como algo dudoso pero ineludible, y no pude decir que no, yo quise. Gemidos. Tácticas de escenas borrosas, y el tono por las nubes, salido. Calor. Inconsciencia. Y mi contenido en expansión, en confines, sin patria, sin banderas, sin nada que objetar e incapaz de tomar la iniciativa. Susurros. La voz de ella, la de él detrás de ella. Las manos. Hubiese. Y navegué en un espacio indefinido en siglos de cien instantes de vacío, inclinación y voracidad. Quizás hubiera un hilo de maldad, de sed en exceso, de ansia. Luego subió la espuma y nos cubrió por completo de cúspide y encaje. Borrachera, confusión, hechizo.

Amaneció y nos miramos. No hablamos. Amaneció y nos miramos, incluso ahí, en ese fragmento de algo que empieza a perder el equilibrio, y a pesar de las garras, la heridas cicatrizando. Y, en la concisión de algo pleno, el silencio se rompió en cien pedazos…

OCOL

Colaboran: Raquel Ruiz y sus qué que se abren como una flor carnívora. Con los rayos del plexo y la barbaridad elevada a la cúpula de ah de la casa que se sabe abierta. Bella. Y E.Maldomado (ilustraciones) en expresiones de eternidad y emociones chacales que desdibujan lo que se dice real con manifiestos de máxima exponencial y reminiscencias del silencio. Gracias a los dos por vuestra generosidad que da sentido a esto que llamamos todo el rato.

Veintitrés de mayo de 2016. Un bosque de arqueros ciegos.

Veintitrés de mayo de 2016. Un bosque de arqueros ciegos.

Y luego aquella mesa, la treinta, la mesa azul Prusia con un galgo dibujado, la luz de las velas, el magnetismo de rincón, el vino travieso de fruta prohibida… Tus manos hacían sombras, conversación paralela, y yo me acariciaba el cuello, y mordía mis labios por dentro, con las córneas calientes en la persuasión de tu mirada, dejándote hablar. Atando cabos, viendo cómo te desnudabas.

La vida es eso, y poco más a fin de cuentas, respondía la condena, yegua salvaje. Y la soledad del pasillo escalaba paredes sin cuadros y la trampa, que sólo se abre para zurcir heridas, palpitaba mostrando una majestad fatua para ensamblarme con lo que nunca sucederá, queriendo borrar aquella imagen. Le di la espalda, y bloqueé el pensamiento como si fuera posible ante un espejismo de conversación de petaca que me quería atrapado, para encontrar la libertad de secuoya en terrenos pantanosos.

Y yo mirándote detrás de las llamas, imaginándonos entre las sábanas, apretados, retomando coincidencia de misionero. Diente de ajo, yuxtapuestos. Cara a cara. Ojo por ojo en malabarismos del deseo que jamás encuentra freno. Y, luego, en un segundo acto, la traición premeditada de los recuerdos que no querían perderse en un lejano sometido, se engalanaban. Una presencia patética que sabía de acometida, de límites, y de rechazo más que una monja con los puños apretados.

Aquel veintitrés de mayo no llegamos a dormir en un ahora o nunca. Se me venía la sonrisa, y, con la mandíbula prieta, otra vez tú. Y como todo el mundo que ha conocido al Amor, un bucle interminable que al saberse de oportunidades cada día menos probables se transforma en una espiral que nos va engullendo.

 

no marcarte y que ni sepas

sin hambre no quedan señales ni motivos de otras horas

caricias

lluvia de verano que tras la sonrisa del Sol se sabe perdida

lejana

(Raquel Ruiz)

 

Los recuerdos saben cuándo es su momento, son zorros, son lazarillos. He visto tu cadáver pasar en procesión cien veces, y, toda la coherencia y el camino que, entonando un solo de gusano que la vanidad nos repercute en avío posmoderno de crisálida, se hace interminable en su hiel de galería recreando figuras chinescas que acaban cerrándonos los ojos para ver el espectáculo interior, la procesión que va por dentro y que te lleva, con los labios cosidos, en volandas, con un brazo colgando, al aguajero del polvo a polvo mientras la orquesta de grillos anuncian el verano más cálido que confirma un otoño de capitales de bares vacíos y un frío que cala los huesos. Dejemos para mañana el invierno.

Y no fue todo, fue una mañana extraña, las imágenes de los amigos trascendían como sangre desfilando por las juntas de un suelo curvado, y, en un sabor de conquista, despisté, en las articulaciones de mi salto mortal, juramentos en falso para el careo que ya trazaba episodios de compartimentos estancos en los que habitaban ofrendas y promesas a las que, una vez más, arrinconaba en charlas vacías que se resbalan por los filos de lo olvidable. Deje mortecino. Me importaba un carajo, me decía sin saber bien a qué me refería. Me saqué de quicio por la hipocresía de los aburridos en la hora de devolver deudas, la gestión de conflicto y el repaso cooperativo abocado a un desastre de astucia lengua de víbora que perdía fuelle al constatar que la reciprocidad es excesiva siempre y cuando toca devolver el favor, ausencia de ahínco. Otra vez ellos. Me vi en el espejo y me reconocí gato en distancia de pelea de los camaradas de salón de cervezas y vinos baratos, en locales de ensayo de erección y calendario que ejecuta en patas de gallo y aliento fétido de la madurez mal llevada del mono vestido de cowboy, del estratega ornitorrinco, del pato que se cuenta las veintitrés vértebras para asegurarse cisne. Es ridículo, a que sí. Así fuimos la multitud que tiraba el reloj por la ventana pensando en comprar otro. Acaso mereció la pena. Siempre me despertó la curiosidad la autocompasión irreflexiva y visceral, un flechazo tan obsceno que prometía lealtad en un bosque de arqueros ciegos.

Veintitrés de mayo, me dije. Es lo que trae el teatro de trampa y cartón. Entrada floja, disparatada para un espectáculo que ya a nadie sorprende.

El pretérito próximo, y el viaje que representaba tal confusión. Tanta gente para tomar café y destapar los secretos que demuestran que no hay alianza incorrupta me sonaba a partido político urdiendo el plan para asaltar los tesoros con la lengua marrón descafeinada. Los que sin haberte siquiera mirado a los ojos y que saben todo sobre ti, lo que haces, sobre los que te manipulan, sin saber quiénes son, y tus aptitudes y procedimientos, como si hubieran dormido a nuestro lado toda una vida, decidiendo con el prólogo el resto de la historia. Idos a la mierda, gente infeliz que sin sabernos, manifiestan y tratan de influir en los procesos. Y fue un placer tal que bajar del coche en un atolladero y caminar en dirección contraria con la portañica bajada. Y con permiso de atar cabos llegar a conclusiones, porque hay nudos que fueron cuerda. Mensajes con palabras en mayúsculas como diciendo: has sido TÚ. En esos momentos regresaban las arcadas del error. Cuántas veces me había podido llegar a equivocar, cuánto tiempo desperdiciado. Opulencia, derroche, posición para después acabar en el juzgado circunstancial del o es conmigo, o contra mí. Generosidad blasfema, que impreca y reniega a la hora de firmar la reprobación.

Aquella mañana me desperté con la seguridad del retorno a un punto de partida, a después de todos esos hombres y mujeres que a fin de cuentas me habían costado sufrimiento, compromiso, desavenencia. Y me despedí, alud, de ellos para siempre. Aquel fue el último día. Al fin y al cabo ya estarían muertos, putrefactos y abandonados en una habitación sin perspectiva e inculcadas del eco moribundo de la esperanza que prometen los que necesitan ayuda para dar un paso. Acabados. Vidas de cien metros cuadrados y cualquier tiempo pasado que fue mejor que conduce al ático que es buhardilla polvorosa y sin tragaluz. Fascinados por el acto de sufrir, hinchados de odio y convencidos de un discurso de amanecer de rosca pasada. No llegaron ni a darme pena. Maldita retrospectiva.

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Paseaba por las callejuelas y pasillos de la Biblioteca Airanigami, sin conocer camino y tratando de zanjar procesos y echar el candado. Reiterándome, sabiendo de mi cautiverio como si estuviera dando una noticia en el telediario, retorciéndome en un miedo a una libertad que no supe sacar partido. Somos lo que somos. Maldita sea, me dije al despertar, entre sábanas húmedas, favoreciendo a los pensamientos umbríos del amanecer y que tumbados abarcan todo el cuerpo y que podrían asfixiarnos con la almohada.

Entonces te vi…

OCOL

Colaboran: Raquel Ruiz, suspiro de Haiku y remedio al aire que lo administra en un camino de no retorno. Qué portento. Y E.Maldomado (ilustraciones) en multiproyección de enmiendas y desenlaces con arbitrio de talento y poder de artista de esencia y transferencia. Cien gracias a los dos. Celebro vuestro trabajo.

Ilustración de portada: Saltimbanqui (2016) Maldomado.