Etiqueta: imagenes que digan estos podríamos ser nosotros

Open Arms

Open Arms

Mientras los ojos del mundo que mira, pero que no ve, se entornaban para echar una siesta con la inspiración aliviada y el ventilador escama de serpiente frente al ánimo y los pies descalzos sobre el sillón, unas manos pequeñas, ahogadas de mar, gritaban a la cuerda que caía del barco mientras el mundo callaba mamando cerveza, mirando series en la televisión. Los dedos de su otra mano también temblaban acariciando la cara que yacía a su lado con los labios secos. El niño repetía una palabra que no entendemos, y había dejado de esperar hacía ya muchas olas. Por eso la cuerda se hizo horca, y flecos desatados en penas.

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Una marmota y un cerbero miraban al día de los Bosques Ardiendo entre ríos de barro y montañas de mierda nadando.

El día que los mares escupían bolsas que decían ser caracolas, los bancos se pusieron de pie y se llevaron el dinero, saltando los muros de carga en llamas, desapareciendo en el abismo. Los glaciares desistieron de llorar cuando el aire se hizo humo negro patriota y el agua inundó la ciudad. Ya no quedó ni luz bajo las farolas, ni espacio para una colilla más en el cenicero, ni gente follando en las camas predicando amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Sigue rezando.

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A los que nunca fueron (héroes del silencio)

A los que nunca fueron (héroes del silencio)

Me atraganta el aire de piedras calladas y las lágrimas de vino espumoso que despedís de entre los labios como si fuerais un huracán con cara de susurro y no supierais ni soplar. Sarcástico, a que sí.

¿En nombre de quién habláis en este juego de hurto y de cadenas besando anillos con los ojos rojos y el compás doblado? Y después qué, a saber, más aritmética de buena fe en tono jocoso, como si hubierais alguna vez cumplido con vuestra palabra, ésa que os define con la voluntad ya cumplida y más canas que el fuego.

Con miedo a mirar atrás, y un todavía estatua de sal, la carrera de mañana asegura un dardo sin diana; y luego qué. Acaso no os reconocéis en el espejo que no se corta un pelo y ya os está diciendo que no. En la realidad que calcula tridente, sois una cuerda fatua que da la vuelta a la tierra, ahogándola, una mula que es borrego, dos cerrojos gritando al silencio, tres excesos que saben a poco. Y todos mesados por la complacencia de los días que van forzando un viaje de cristal que no sube, una caricatura. Adónde queríais ir, si el camino se hace al andar qué hacéis contando cabras y nubes con la barbilla manchada de simiente.

Nos os dais cuenta de la importancia del fragmento en la hiedra que enraíza guijarros y cantos en fuente esperanza, en ese estanque en el que no hay agua la coral fúnebre sin partitura amansa la arena negra que acuesta una sirena varada con la boca llena de plástico.

 

OCOL

Que las perras no se sientan solas.

Que las perras no se sientan solas.

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Cuando ha rugido el inmortal sobre la manada, el suelo se ha hecho agua de humo y las paredes se han agachado al ver el bando de cuervos pasar, levantando la ropa de los tendederos, tirando las macetas, apagando las farolas.

El silencio ahora es mundial y las cuerdas yertas, esperan instrucciones. La sábana que se ajusta al cuerpo con notas mudas, justifica la grieta del calendario en el chajuán de este final de agosto intimidado por las olas.

A lo sumo se queda una borrachera de días pálidos de jaula, de quejidos y nubes de costo en una soledad güera de nudo y alerta. Esperando a la remisión trepar por el precipicio de esta esperanza varada que aúlla en la distancia que las perras no se sientan solas.

OCOL

Voces

Voces

Cómo pude rendirme a la tormenta perfecta, al arrebato de las condiciones adversas de esta prisa quieta, a las voces en la distancia diciendo que no, a los murmullos que advertían que la noche sería larga, a la locura que sobreactuaba en aquellas tablas de ceniza y plastilina mientras yo entraba en tu sala de espera y cedía.

Solté mi maleta en el aire y me rompí en pedazos con el viento, me hice arena, serpentina, polvo de tiza. Me quedaba dormido pensando en tus sábanas, en tu luna de carne de membrillo, en la luz que atraviesa tus cerraduras presagiando la aurora, como si fuera nuestra, como si fueras mío.

Pero eso fue ayer.

Nadie puede encontrarme en tus manos, en tu bolsillo, sentado al filo de tus labios sin miedo a caer. Luego ya en conciencia de celda, la vida entera dando vueltas en círculo pensando en quién es quién, escribiendo letras en la orilla con una rama, esperando a que el agua no cambie su silueta, tratando de distinguir entre ya y ahora, y mientras tanto, todo.

Al final del pasillo el fuego negro interpreta planos de un mundo cubierto de nieve que en la distancia parece decir si tú me dices ven planeando sobre las ruinas de nuestra cama todavía sin confundir, sobre lo que quedaría escrito en el pañuelo que escondes en tu almohada, para hacerlo nuestro cuando ya no te quede nada y quieras volver.

Allí estuve hoy, esperando otra vez.

Ocol

DÁMELAS

Adiós

Adiós

Es verdad que siempre sentía un miedo incontrolable, uno que intimidaba al arte que trasciende a lo tangible y que se desviste sin mayor intención que dar golpes invisibles hasta traer lo que hay más allá. Es verdad, y a mí me gusta sentirlo. Me envuelve en una capa de piedra. El cielo está vacío, me decía constantemente, pero en el vacío hay algo que rompe la ecuación como si fuera un texto ininteligible que concluye en soluciones; y eso es lo que estaba buscando.

Volver a verte me abrió los ojos. Fue una huida hacia delante. Los falsos camaradas pierden la fuerza en el abre los ojos, y llevar un hacha apuntalada al hombro te compone, los movimientos son más consecuentes con lo que pueda pasar, dijiste. Atraías la luz que hay al final del túnel, y yo iba harto de noche. Volver a verte me abrió los ojos. Nunca pude tocarte, y tu aliento me seguía perturbando, tu luz. Eres como un zorro que se hace el muerto sobre la cama. No pude moverme y, aun así, las sensaciones de antes empezaban a recorrer mi cuerpo. Como sangre cruda que escupe el corazón y que atraviesa el cuerpo, helándolo. Levedad, confianza.

La conversación duró toda la noche y, con el amanecer, cuando ya no teníamos nada más que añadir, me preparé para verte desaparecer en lo que quedaba de negro subterráneo en nuestro desván. Levantaste la mano, hiciste el gesto; y susurraste: sin perdón, ella debe morir.

You want it darker, we kill the flame, diría Leonard Cohen.

OJO AL SUELO

Cuando te fuiste, salí de la casa. Bajo las luces de la mañana empezó el proceso de descongelación, y fui cautivo de un nuevo sentimiento. Caminé hasta el coche, pesadamente. Los pájaros se posaron a las ramas de los árboles que rodeaban la casa. Diez pájaros, cien pájaros, mil. No cantaron, sólo miraban. El siseo del viento me trajo la sonrisa a los labios, palpé con la lengua mis colmillos. Luego me arrodillé, cogí arena con las dos manos y me las froté con tanta fuerza que me clavé los filos de algunas piedras pequeñas en las palmas, en los dedos. El dolor que no surte efecto, a pesar de las heridas, y que asegura la muralla que en realidad se esconde bajo nuestra piel compasiva, asediada por la consciencia, es lascivo, es visceral. Recuperé las dudas y la fragilidad como el que busca una bola de pelo detrás del sofá. Me escupí en las manos, las froté, luego bajé la cremallera y oriné encima de ellas mirando el horizonte que se esconde tras el ramaje. Humo. Sin atisbar extravío, o desconcierto, sin pestañear. No me cabía en el pantalón. La orquesta iba afinada; y yo iba a por ti, ensayando la despedida con la rabia que promete conclusiones tras la ceremonia, cierre. Subterfugios que harían reconocibles y justificados los actos de cortar a dos tramos lo malsano que habías introducido en mi copa. No tenías otra cosa mejor que hacer… y la devolución siempre sale cara, y ya van corrompidos superficie y anónimo, por lo menos.

Mientras conducía en las curvas, veía tu cara y esa expresión apenada hasta los huesos, tu estructura calada en desconsuelo, en ansias por no se sabe qué, la precipitación, el relámpago, la urgencia inconsolable, el desamparo, la melancolía y esa falsa ingenuidad, y las sonrisas cabeza de turco que se traducen en frases artificiales por si acaso se puede apretar más, quizás por un rencor impropio en personas sin alma, quizás por desafección, una desafección muy tuya, muy típica en los aferrados al paso de los que no llevan sombra. Y, para qué atajar la coherencia que me llevó a aquel punto y final, unos párrafos más y ya estaríamos listos.

Lo vi en tus ojos, en tus gestos. Qué culpa tengo yo de que fuese tu turno, me dije apretando las muelas.

La fibra del verdugo, sin entrenamiento, se traduce en apatía, en indiferencia, en una lasitud que nos lleva al camino de los tristes, adonde la muerte empieza a hacerse invulnerable y cada día un poco más consciente, reflexiva, escrupulosa y perseverante. Si levantas el pie, se hacen contigo. Y también somos feroces, crueles, obscenos, no os olvidéis. Y yo no perdí la atención. Si el mal no se hace en ti, no eres más que un juguete del destino, un muñeco. Y la mejor defensa es el combate ante tormentos como tú.

Fue la última visita, la última cura. Y era verdad, merecía morir. Estuve mirándola tanto tiempo, en a las marcas de una agonía que se forma tras las fracturas del exceso, que los gritos buscaban donde no había…, y no hubo eco.

Qué le vamos a hacer.

OCOL

Catábasis

Catábasis

La calma vibraba como un susurro, como una chicharra que se ha perdido en las notas acalladas que se deslizan en la afonía de casa abandonada. El desván había perdido la savia que un día lo colmaba de vivacidad y pasatiempo y yo, sentado a los pies de la cama, trataba de recoger momentos en los que hablábamos sin darnos cuenta de la duración de las horas, sin importarnos qué estaba pasando más allá de la escalera, después de las ventanas. Pero las imágenes se desdibujaban en mi memoria. Cada día me resultaba más complejo recordar, revivir ciertos momentos en el presente resbaladizo. Mis pensamientos estaban aislados en un ring incesante. Y los tiempos de descanso, sentados en una esquina, escupían golpes y reflexiones sobre estrategia en fases de acierto y error, de impaciencia y seguridad, de perspicacia y torpeza, y de miedo, todos ellos pasajeros, todos efímeros, y todos siempre enlazados como un zarzal en movimiento que avanza por la maleza y que va perdiendo ramales que se enganchan en los tantos pasajes estrechos.

Medir los tiempos siempre me causó aprensión, un momento podía cambiar mi mundo entero y podía pasar de la euforia madura que te llena la boca de intrascendencia disfrazada de conversación y que descorcha una botella de vino y enciende una vela, con la polla dura, a la ingenuidad que huye de afrontar la realidad y que asegura que esconderse en un rincón y taparse los ojos puede mejorar las cosas, o hacer que no sucedan.

DE REOJO

Sí, admito que siempre he sido así, un hombre que lleva a un chiquillo metido en la sala de control y que dirige cada día la lucha, siendo un disidente, una excepción que cada día pierde un poco de figura y legitimidad y que se malgasta en composiciones y oportunidades de venta, cargado de referencias, de condiciones en serie, despojando de genio e individualidad a mis reacciones, a mi improvisación. Y cómo se anda subordinado, esclavo en la confusión que resulta de la impotencia títere que se adueña de mi sueño, de mi creatividad, de mis hadas, cómo se anda. La paciencia ficticia, contaminada, de la segunda edad es un preámbulo que dura la mayor parte de la vida y que, zanahoria, hipnotista, te miente y te lleva a la puerta de salida y no te da ni las gracias. Dónde se corrompió la revolución y nos creímos esto de ser nosotros mismos (mismos).

Y, ¿sabéis?, creo que fue un acto de valentía volver a la casa, dejar a un lado el cumplimiento de las normas y no ceder ante el asedio, pedir ayuda, armarme para un ataque frontal, inminente. No pude dejar de observar cada detalle, incluso entrada la noche y habiéndose incorporado la oscuridad clandestina que tiñe de rompecabezas y atenebre la estancia, no pude dejar de observar cada detalle que pudiera traerte de vuelta. Pero la hora ya había pasado.

Me vestí lentamente, me aseguré de que los cigarros estuvieran bien apagados. Luego miré a través de la ventana del fondo. Aquella arboleda, aquel monte tupido de verde, de ramaje, repartido de substancia, siempre despierto, su río, el aire. Me embriagaba, me aseguraba cuán quebrantado estaba en los tejemanejes del guion y la inercia; y por ti, podrías irte al infierno. Se me ató un nudo en la garganta, y, después, sentí un escalofrío, exhalé. Me tapé los ojos y respiré hondo. Tenía que acabar con ello.

Tenía que acabar contigo, no había otra opción posible, mi paciencia estaba superada hacía demasiado tiempo. No volvería agachar la cabeza y permitir que siguieras ahí, asfixiando mi calendario. Apreté los dientes, estiré los labios. No sabía qué hacer, y, de repente, escuché el crujido, y, después, tus pasos…

OCOL

Adagio

Adagio

Dos camas, una vacía, dos. La silla deshabitada, fría. Las ventanas no se podían abrir y las cortinas silbaban una canción lánguida que se impulsaba por el pasillo inerte al abismo. La habitación a oscuras en la que murió el abuelo, y luego los escalones, y la buhardilla adonde pasábamos el tiempo con los fantasmas y la nada. Y la muñeca de porcelana que decidía a quién le tocaba morir.

Parece que te estoy viendo levantando el dedo, pasándolo por la garganta, de lado. Tus ojos decían la verdad. Tu sombra cubría el techo y hacía los gestos alargados. Tu respiración.  Qué más da todo lo demás, decía yo, convencido de la sentencia y la seguridad que ofrecías, y los claros signos de maldad, que protegen, y el desapego que da sentido a murallas y armas, a la garantía y a la bravura. Merece sufrir, decías con tanta impiedad que convencías. Odiaba sentir compasión por los que van expulsando púas sobre la piel limpia en desnudos que buscaban la camiseta con prisa, aprovechando oportunidades como locos en la flaqueza ajena, tramando infiernos con esmero como si algo les hubiera dado permiso de cambiar senderos por espinos y apagar las luces, y elegir la caja, después de repartir cristales por el suelo de un cuarto de baño flotante y dormido que nada tienen que ver con ellos. No les tengo miedo. El demonio que creen tener hipnotizado despertará en su cama y hará lo que mejor sabe. Es la influencia, no una pared o un joyero.

DE REOJO

Mordido… No podía sacarte de mi cabeza y trataba de comprender qué había desencadenado, otra vez, el que estuviera corriendo, mirando para atrás todo el rato angustiado por el lenguaje y el susurro de antorchas, y que algo indefinido me estuviera apuntando, a pesar de la negrura de bosque y su inconcreción, de lo aprendido, de los rincones del silencio, de la sed, del peaje, del aullido. Pero sólo uno se arma ante lo anónimo, ante lo lógico, ante Botero. Y tú ibas detrás de mí, no tenías otra cosa mejor que hacer.

Subí las escaleras despacio, escuchando el crujido de la madera, arrastrando la mirada detrás de la luz que alumbraba el suelo. Cucarachas. Continuaban allí los treinta y seis escalones. Cuando llegué me quedé mirando la estampa macabra, se me erizaron los brazos. Me senté en una caja y encendí un cigarro, como si fumar, o estar cerca de la escalera me hiciera replantearme las cosas.

OJO AL SUELO

Todo seguía igual, la luz tenue caía sobre los dos baúles, y el espejo, que se corría por el suelo, entre las cucarachas, sobre las camas, una vacía, dos. El albor naranja le daba más secreto a los sonidos del sigilo y su trascendencia misteriosa, me lo llevé a los labios. Cogí a la muñeca, se me quedó mirando. Siempre me había gustado consumir fuegos que le quitaran coherencia a la locura que nos aferra a la vida como si pasar un día más fuese una conquista, como si alargar el paseo nos llevara a un lugar mejor. Seguir buscando una victoria, fronteriza, que nunca hubiésemos catado, atentos del después, a la búsqueda de un nuevo desafío, dejando a los otros en el monte del olvido, en el vertedero de trofeos. Siempre me había parecido que los infelices que creen que merecen más y que envidian el aire que nos rodea, como si fuese suyo, son los que más corren.

Sentía dolor, un dolor extraño, ése que permanece cuando ha pasado la inexperiencia y que aprieta atado a pensamientos que no ceden en una guerra interminable. Me hormigueaban los meñiques. El frío y el polvo caían sobre mí, asimilándome. Por un momento, como cuando éramos unos críos, creí ver en la distancia a la araña avanzar, y a la mecedora agitarse, deseando formar parte de la oscuridad, ser red, ser deseado. Luego me quité la ropa. Cucarachas. Dos camas, una vacía, dos.

Y entonces me senté a esperarte.

OCOL

Abracadabra

Abracadabra

Todavía guardaba un grito en la herida cosiendo a zarpadas recuerdos desde adentro, donde el dolor, por encargo, parecía escuchar llover. Me revolví en suspiros de dinamita en el fuego que libera al excomulgado, y conseguí ver después de las ruinas, más allá del puente del olvido.

Sobre la cama de piedra un desierto se desvistió de largo y mostró sus curvas y, retrocediendo, un oasis dijo que sí, aunque no había nido que pudiera negar la caída, las lanzas y la traición del que no sabe pero juzga y, entre abrazos, incita al odio como si estuviésemos en una fiesta macabra.

Luego copié un mapa de cuestas de los cuadernos sucios del viejo que me salvó la vida sobre un escalón de plastilina. Un repaso con el viento, en perspectiva astronauta, que no rozaba el suelo y que veía las estrellas con los ojos cerrados.

En el sótano, la muñeca con un ojo señalaba… batuta, el habla de espejo de la inquina que no esconde las manos tras la piedra, el discurso de las runas, y yo tratando de no comprender. Después del desprendimiento, cicatricé en una pregunta sin respuesta que edra, por si acaso.

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Abracadabra.

Parecía un cenagal de enunciados y pensamientos de cenicero haciendo equilibrios en mi dedo gordo que se descomponía para combinar elementos insólitos. Pero era la recta final. Se me venían sus caras, sus gestos, sonrisas que no dicen nada. Y, en sus casas, fiordos de piedra caliza, deshaciéndose de soledad. Y cadenas, y cuerdas de marionetas viejas que hasta mentirían al árbol que enselve sus rostros cuando les haga falta. Indicios de barro en el temporal de la espera para poder dar un paso.

No es cosa mía, el boomerang siempre vuelve.

OCOL

Tabula Rasa

Tabula Rasa

Primera carta de Silaš Rijeka 

El día de Luna de Saturno, y polvo de estrellas de ayer, te recuerdan qué, dime. Fue la primera vez que nos miramos con la profundidad que renuncia al significado y la trascendencia de equipaje. Y, con tanto polvo, mi camino desapareció tratando de arrebatar título a mi fortuna, tú lo sabes, eres un gran equilibrista.

Ahora puedo atreverme y no imprecisar una gota de aquellos volcanes. Puedo recordarte y no aspirar a hacer un nudo, he aprendido, mañana. El tiempo es buen remedio a los caudales perfumistas en la avalancha de turno, en los ciclos, en la moridera de las estaciones que rubrican taje.

Qué será de aquella puerta sin casa, de nuestra ventana.

Tus ojos parecían míos, tu risa. Y la piel de tu cuello regazo de mi declaración nebulosa, mi batalla cubista.

En los botones que palpaban tu pecho, y sus peticiones de compostura, tu reciente ya era pasado ante mi aliento y daba por hecho que mientras tú hablabas de nada mis artes ya estaban, en la pregunta que calla, confundiendo a tu camisa con tanta emergencia.

Fue la primera vez que toqué tus dedos, cómo voy a olvidarlo.

Una valla eléctrica y, en la travesía, en aquella nube, un estandarte. Sangre mojando los pies. Y la brisa azulada, y el miedo a lo que no es mentira que susurra Lovers are Strangers, te puso los pelos de punta.

Geometría del universo, sensatez, qué sé yo ahora que de tan lejos la boca se me desnuda por la seguridad del fuego transparente que no anduve. Y en la lejanía, una coincidencia.

Tu cuerpo parecía mío, tus suspiros. Y en la hiel que acede el paladar, en tu lengua, me hice camino sabiendo que la gloria sería amarga, que tanto amor sería sombra de un juego de silencio en la luz de todos los días.

Qué se sabe de la eternidad, pregunté de repente. Por dónde muere, por dónde mengua, grité desesperada.

Quién no se doblegaría ante la llave que abre La Jaula, un giro, quién pisa el suelo y se consuela con lo que pudo haber sido, con la ausencia. Qué será de aquella tabula rasa.

Qué será de lo nuestro,

 

Silaš Rijeka

 

OCOL

 

INTERÉS

INTERÉS

Quasimodo

Las montañas que rodean este círculo colosal de palabras en permanente cirugía de conveniencia y regodeo, de ansias de conglomerado céntrico, son las mismas que ayer. Juro que es cierto. No sé por qué me sorprenden las máscaras de cara de cruz que lucen mis accionistas y allegados. Adónde llegarán las palabras que anteceden a un vendaval de desagradecidos que merecen todo.

Claro que sí… siempre nos quedan los obituarios. Devolveremos, irónica y superfluamente, a la vida con disimulo y frases de conciliación y apoyo a los que ya se han ido, atestiguando dones y sellando garantías en un romántico y cabal desfalco robótico y programado que esquiva descaradamente a la luz y sus virtudes. Siento antipatía por las pasiones de duelo, en los que no tenemos vela, y que arrancan cana a los acontecimientos cuando se pisa la tierra y se pueden saborear concurrencia y vicisitudes. Estamos muy ocupados con la estrategia y el beneficio. Di que sí… ahora nadie te está mirando. Nos venimos arriba, como si el reloj no fuera con nosotros, con las manos llenas de mierda un día detrás de otro. Y siempre somos capaces de más, lo que nos echen.

No tengo nada que declarar cuando todos están tan concentrados en hacer lo mismo. El ahora que consta si los cirios rodean catafalco, que aprisiona por su deshonestidad, desacredita  todos los debates con un silencio mortal de aplausos de manos huecas que pone los pelos de punta, péinate.

Nos abrazamos a los que ya no reconocerán la euforia, pero, un rato, vaya a ser que… Hay mucho que hacer. Cumplimos. Quizás a los que han perdido, tal vez a los débiles, asegurándonos que no levantarán cabeza para robarnos. El resto del tiempo miramos las fotos en las que salimos guapos, y nos ofrecemos para presentaciones en la embajada de las muecas en virtud de auspicio y enaltecimiento de lo que nos representa, de lo que nos corresponde.

VIA

Peaje

Porque si algo somos es protagonistas, dictadores de escaparate de bajo beneficio con los tobillos destrozados por los garrotes, con la lengua azul y la olla de póker, con las manos menguando al ritmo del desaire de un full de ases y una pareja de reyes que sabe más de tronos, azotes, joyas, prisión, que de gajes de oficio. Y que conste que no ando en busca de hospitalidad ante la prístina indecisión que antecede al homenaje de castillos en el aire, prefiero seguir mirando.

Somos tan ambiciosos que nos exhibimos al ver partir a los que hemos matado, vestidos para la ocasión. Qué son esos modales de unirnos para decir con Dios todos los días y luego andar jodiendo todo el rato. Tan convencidos por la inercia que el hola se queda en nada, en una masa corriente de labios hinchados de tanto moco artificial, de tanto vicio de saco roto. Veneramos a los que nunca hemos querido porque así es la vida. Qué dirían David Bowie y Leonard cohen un día después al ver a tanta gente desconocida mirando. O Galeano, imagínense qué discurso tal vez apolíneo, tal vez dionisiaco… El Sr Spok, Bauman, Prince. Qué dirán los que han cruzado la línea y nos miran desde el otro lado. Extravagancias. Cuáles serán las señales, ¿una lluvia torrencial? ¿Una medalla, un conato?

¿Por amor? Llámalo atadura, transacción. ¿Consecuencias del ser y estar y por si acaso? Fiebre de game over, arrebato. ¿Por hambre? El ayuno del que no se habla, porque es frontera y soledad rancia de manos heladas que de tan lejos no se les ve, y los ojos que no comprenden ni el alambre, no descifran el sabor que tiene el desierto, el desamparo suicida, la melancolía de las pequeñas cosas… Tú te equivocas, yo me equivoco. Todos contentos. Lo digo mientras se cuestiona dónde está la revolución y el disco gira y poco más.

Y ya que, además de mirarme detrás de tus manos que se frotan esperando un cambio de conversación, un giro a lo Henry James, una vuelta de tuerca, me tratas, como el que no quiere la cosa, tal que al loco en libertad condicional que defiende la vida de una mosca , de una mariposa. No me pides que concrete, y tratas de cambiar de tema. Tú no te preocupes. Y venga crema, y rienda suelta.

Sólo nos unimos para ovacionar a hombres y mujeres que se han ido, los animales no cuentan, ¿verdad, omnívoro desde tiempos ancestrales? El resto del tiempo somos infelices. Y luego, cuando hayamos muerto, dirán que fuimos gente estupenda.

 

OCOL