Catábasis

Catábasis

La calma vibraba como un susurro, como una chicharra que se ha perdido en las notas acalladas que se deslizan en la afonía de casa abandonada. El desván había perdido la savia que un día lo colmaba de vivacidad y pasatiempo y yo, sentado a los pies de la cama, trataba de recoger momentos en los que hablábamos sin darnos cuenta de la duración de las horas, sin importarnos qué estaba pasando más allá de la escalera, después de las ventanas. Pero las imágenes se desdibujaban en mi memoria. Cada día me resultaba más complejo recordar, revivir ciertos momentos en el presente resbaladizo. Mis pensamientos estaban aislados en un ring incesante. Y los tiempos de descanso, sentados en una esquina, escupían golpes y reflexiones sobre estrategia en fases de acierto y error, de impaciencia y seguridad, de perspicacia y torpeza, y de miedo, todos ellos pasajeros, todos efímeros, y todos siempre enlazados como un zarzal en movimiento que avanza por la maleza y que va perdiendo ramales que se enganchan en los tantos pasajes estrechos.

Medir los tiempos siempre me causó aprensión, un momento podía cambiar mi mundo entero y podía pasar de la euforia madura que te llena la boca de intrascendencia disfrazada de conversación y que descorcha una botella de vino y enciende una vela, con la polla dura, a la ingenuidad que huye de afrontar la realidad y que asegura que esconderse en un rincón y taparse los ojos puede mejorar las cosas, o hacer que no sucedan.

DE REOJO

Sí, admito que siempre he sido así, un hombre que lleva a un chiquillo metido en la sala de control y que dirige cada día la lucha, siendo un disidente, una excepción que cada día pierde un poco de figura y legitimidad y que se malgasta en composiciones y oportunidades de venta, cargado de referencias, de condiciones en serie, despojando de genio e individualidad a mis reacciones, a mi improvisación. Y cómo se anda subordinado, esclavo en la confusión que resulta de la impotencia títere que se adueña de mi sueño, de mi creatividad, de mis hadas, cómo se anda. La paciencia ficticia, contaminada, de la segunda edad es un preámbulo que dura la mayor parte de la vida y que, zanahoria, hipnotista, te miente y te lleva a la puerta de salida y no te da ni las gracias. Dónde se corrompió la revolución y nos creímos esto de ser nosotros mismos (mismos).

Y, ¿sabéis?, creo que fue un acto de valentía volver a la casa, dejar a un lado el cumplimiento de las normas y no ceder ante el asedio, pedir ayuda, armarme para un ataque frontal, inminente. No pude dejar de observar cada detalle, incluso entrada la noche y habiéndose incorporado la oscuridad clandestina que tiñe de rompecabezas y atenebre la estancia, no pude dejar de observar cada detalle que pudiera traerte de vuelta. Pero la hora ya había pasado.

Me vestí lentamente, me aseguré de que los cigarros estuvieran bien apagados. Luego miré a través de la ventana del fondo. Aquella arboleda, aquel monte tupido de verde, de ramaje, repartido de substancia, siempre despierto, su río, el aire. Me embriagaba, me aseguraba cuán quebrantado estaba en los tejemanejes del guion y la inercia; y por ti, podrías irte al infierno. Se me ató un nudo en la garganta, y, después, sentí un escalofrío, exhalé. Me tapé los ojos y respiré hondo. Tenía que acabar con ello.

Tenía que acabar contigo, no había otra opción posible, mi paciencia estaba superada hacía demasiado tiempo. No volvería agachar la cabeza y permitir que siguieras ahí, asfixiando mi calendario. Apreté los dientes, estiré los labios. No sabía qué hacer, y, de repente, escuché el crujido, y, después, tus pasos…

OCOL

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