Cuatro de julio de 2016, 5:35. Sentirme observado me excitaba.

Cuatro de julio de 2016, 5:35. Sentirme observado me excitaba.

En mi casa en Madrid vivía un espíritu que siempre estaba a punto de cruzar la línea y manifestarse, se distorsionaba la imagen en las esquinas, en los zócalos y frisos, en los enrejados, en las celosías. Allí, en los lugares que no se cansaban, había algo más. Era un espíritu que dibujaba cuervos en las paredes y que tarareaba una canción… El espectro salía cada noche y se paraba a mirarme. Notaba su presencia en muchos momentos y a él no era capaz de esconderle mi miedo.

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Al principio ni me atrevía a buscarlo en la negrura. Por las noches sabía que estaba ahí y alguna vez me di la vuelta, cansado de esperar. Me dejaba observar con tensión en el estómago, sobre todo al desnudarme, antes de meterme en la cama. Me gustaba desnudarme en plena oscuridad, lo hacía desde que era un niño, despacio, acariciando mi cuerpo. Me costaba dormir y, algunas noches, las que estaba más inquieto y alejado del sueño, me masturbaba sobre las sábanas pensando en alguna mujer bonita tocándose entre las piernas. Sentirme observado me excitaba y era, en esos momentos, un aumento al deseo que surge tras la tiesura y la lubricidad. Siempre me corría de rodillas, con los muslos separados y la espalda erguida apoyada en la pared.

Hay una primera vez para todo y, un día, el día de la fiesta de navidad que no era santo de mi devoción, lo vi. El día en el que admitía que estaba hecho un lío en aquella terraza en el Polo, el día que estuve a punto de besarte mientras el resto se hacía una foto, aquel día, el mismo que, cuando llegué a casa, al girar la llave resurgí de entre mis pensamientos por el estruendo metálico y supe que lo encontraría. Supe que otra puerta se había abierto. Empujé la cancela con la espalda, seguí el camino hasta la casa. Y, ya dentro, al sacarme los zapatos, justo antes de girarme para echar los pestillos y girar la cerradura, el frío me subió por las piernas, escalando por debajo de los pantalones, eran hormigas de escarcha, luego aljófares que se derritieron en dirección contraria como si fueran lágrimas no vertidas. Se me helaron las córneas y un susurro se metió por mis oídos. Lovers are strangers… El aire era inexplicablemente húmedo, un polvillo azulado se elevaba del suelo. Uno de los cuervos salió de la pared y se estribó en el brazo de una butaca. Y, mi cuerpo, enmascarado en aquella luz exigua parecía ser parte de la imagen fantasmal. La música…, la endecha que confesó por nosotros en los últimos años que precedieron al fin del mundo, como si fuera un réquiem cargado de hermosura y de contradicciones e interrogatorios furtivos en una conversación interior, una curiosidad torpe que parecía siempre atajar la angustia y la espera con mensajes secundarios, versiones de recambio que nos enredaron en meses de impotencia y de iconografías supeditadas a la ilusión y la paciencia que se hace herida, que se hace costra.

 

…Lovers are strangers

There’s nothing to discuss.

Hearts will be faithful

While the truth is told to someone else…

(Chinawoman)

 

Era un hombre joven de un metro setenta con el pelo rizado y grandes ojeras, un hombre joven, cansado. Estaba al final de pasillo, con una mano apoyada en el quicio de la puerta. Tenía el pecho cubierto de tatuajes. Por primera vez nos miramos frente a frente. Empezó a acercarse a mí, lánguido, pesadamente. Era un hombre joven, delgado, atractivo, de unos treinta años. Iba envuelto de una expresión linajuda que se fue volviendo sombría a medida que se acercaba a mí. Estuve dos minutos sin respirar, me bombeaban las manos, las sienes. Cuando lo tuve ante mí cerró los ojos y abrió la boca y, entonces, desapareció sobre mí. Estuve temblando, sentado en el suelo, hasta que se hizo de día. Aquel fue el día que dejé de ser quien era. El cambio fue drástico. Y afectó enormemente en mis sentimientos por ti, Triana, por todos. Perdí la venda.

 

mantengo funambulista marañas de enredos en una selva coagulada

puede que vuelva

puede que crezca de nuevo en el equilibrio

y alojarme en los nidos desiertos

puede que vuelva a ser araña en un lirio

(Raquel Ruiz)

 

Las casas, al igual que nosotros, se dejan influir por las personas que limitan, que se acercan, y las energías que fluyen de los cuerpos estrechan distancias, hacen caer la balanza en un hechizo de antifaz. El derramamiento de lo cotidiano es de un ejercicio bestial que hay que atender en tiempo real, el recuerdo no es capaz de contener y hacer figura. Nosotros sólo inmortalizamos impactos y hacemos por magnificar lo se nos escapa del ego y la confianza en nosotros mismos, y en los detalles hay mapas que dan razones a la bitácora. Las casas retienen, sacan conclusiones. Los recortes están ahí, en el sofá, en los espejos. Las casas lo ven todo y consiguen una imagen completa. Qué no oyen las paredes, qué no reconoce el agua que camina nuestra piel, nuestra caverna. Qué, qué no se sabe cuando con la mirada no se ha de traicionar a alguien dando lo justo, alevoso. El propósito mata al Mamut. El engaño de los ojos es peor que el de las palabras y los gestos. Y aquello que se extiende, interviniéndolo todo, acaba dando forma a lo que en ella se esconde, cuándo. Cuando dormimos se abren puertas, dejando pasar inmanencias que irán fraguando de carácter las estancias y la energía que nos rodea. Seguro que a ti también te están observando. Siembra y recoge. Prepárate. Es la mesmedad que nos sostiene de un lado u otro en la oscuridad que nos sobrecoge, son las contraseñas y los secretos atingentes que nos avisan rozándonos el brazo, al comprendernos en una Déjà vu, atrapándonos entre sueños, en el huero intermedio.

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Cuando el río suena…

Desde aquel día, regresé a casa con ansias de volver a verlo. Sumido en intranquilidades, anclado a un más allá que estaba llevándome con él, y el temor a no perderle el miedo me encogía las tripas, asediado por los reflejos de mi mente a no acostumbrarme a la impresión y a calmar en consciencia y geografía trascendental lo que brotaba de mis pensamientos. El silencio era un concierto de Benjamin Britten .Meta-acústicas, mecánica ritual. Pero no, no volvió a ocurrir. Se quedó en mi interior, callado.

Todas las noches, antes de que fueses mía, creí convivir con él. No sabía qué estaba esperando. Le llamaba Darko, que significa quien tiene un don, y lo imaginaba como si fuese un conejo enorme, levantado en sus dos patas traseras.

A los fantasmas que anidan en nuestro interior hay que buscarlos, hay que ponerles atención, investigar en los espejos, en los sonidos que definen la noche en una elipsis entrelazada. Los fantasmas no hablan. Y si no eres capaz de saber es porque no estás preparado.

En mi casa en Madrid no encontré la calma, el fluido de pensamientos y la idea fija de hacerte mía me llevó al borde de la locura en una habitación llena de cuervos. No sé cómo has podido sentirte dueña de mi gratitud. Y es verdad que traté de matarte en aquel callejón, pero no fui yo, fue Darko. Filantropía fantasmal. Leía por las noches Endymion, Hyperion, Oda a la melancolía, y Elegías de Duino, Sonetos a Orfeo, Los apuntes de Malte Laurids Brigge, intercalando estrellas, tratando de cerciorarme en sus comisiones contrapuestas. Y Drácula, de Bram Stoker, y La guarida del Gusano Blanco. Y a H. P. Lovecraft. Y camuflé el mundo en poesía y horror.

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Miraba a mis compañeros de trabajo, en silencio, y los categorizaba: lírica, muerte; erótica, podredumbre. Porque la esencia se halla en los extremos. Me excluía en una inconsciencia de romántico perdido. Y cuando te tenía ante mí, lo echaba a suertes. Darko surgía y marcaba el paso en un todo o nada. Y tú jugando al escondite. Y como no pude matarte, te amé como nunca lo había hecho, tanto que el mundo estaba hecho de ti, calles, ciudades hechas de hielo fino, y un aroma leve pero persistente a la escalinata de tu ombligo, al convite de tus labios, de tus pechos.

Y aunque deba admitir que sabía que terminaría perdiéndote, y que tu muerte sería estar sin mí, para siempre. Y quise cumplir con mi parte. Es empírica pura. Me incorporé en Baladas líricas, y La narración de Arthur Gordon Pym, para seguir contrastando. Para buscarme en los extremos. Y créeme que lo hice.

OCOL

Colaboran: Raquel Ruiz, que se hace pira inmortal con los resquicios de la huida de pies atados y manos inmóviles, haciéndose grande por dentro y brotando tal que la vida con sonrisas y una coherencia sostenida que da luz a la noche que nos cierne. Y Manolo Mesa (ilustraciones y fotografías), que, con la magia de sus manos, y sus ojos, y su lucha por la libertad, me trajo a Antártida, el cuervo. Manolo recorre el mundo haciendo las ciudades galerías de arte. Muy agradecido a los dos por ofrecerme la gran oportunidad de ilustrar mis desvanes imaginarios.

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