Seis de junio de 2016, 2:54.

Seis de junio de 2016, 2:54.

Subí por las escaleras con una extraña sensación de pérdida, una pérdida que conocía en las rutas paralelas, en las líneas que recorren los contornos de una razón descalabrada en el intento, en el esplendor de conciencia y la simple maniobra de seguir hacia adelante, sin dar un paso, y que se lucía impensada en la conspiración de una calma total que no pasaba inadvertida. Subí las escaleras con una extraña sensación… una que perduró en el tiempo y que brotó como un renuevo verde esmeralda que aparta la arena y se despereza en la inconsciencia que concede la belleza más auténtica, la que sólo sabe sin saber que sabe y se deja llevar como lo hace el deseo que está hecho de viento y de ingenuidad. Subí por las escaleras y me introduje en las calles de la Biblioteca Airanigami. Inducido por su seguridad y su clarividencia.

Pude haber escogido Cumbres Borrascosas, por el paladar frío e incontinente, siempre me dije que esos Amores son los más auténticos. O El joven Werther, qué se yo. Y de qué pueden servir los motivos, o los alrededores, que nos intrigan los bajos fondos, lo que marca es el hierro candente. A lo mejor La mujer Justa, podría haber sido, sí, Amores secretos que consumen, o por ende una edición extraordinaria del Conde de Montecristo, pero no. Y todos esconden pasiones cruzadas y el romanticismo necesario para afrontar la forma de Amar más elemental, pero soy un necio y un mortecino. Elegí a Blake, a William Blake, y sus cantos a la inocencia, y él lo ocupó todo, él y las consecuencias de su brutal irreflexión contagiosa. No puedes reconocerte en todos los espejos, ni hallarte en lo cotidiano. Existe un tejido implícito en nuestras circunstancias que articula, que arraiga, que consolida la energía que provocan nuestros actos. La felicidad es la coincidencia del querer y del poder, y dura los segundos que dura un orgasmo, es la consecuencia, las maneras, el cómo más elemental. Pensar mata poco a poco, y la felicidad no está hecha de palabras, ni sabe de simulacros, no son siquiera sensaciones con las que nos engaña le mente, la felicidad se gana y el karma es su carcelero. La felicidad no se manifiesta en los que ya han muerto, huye del miedo, huye de los que llevan el alma sucia y la boca llena de piedras. Adónde ha de estar la verdad, y para qué nos puede servir su presencia en un lugar de odio y destrucción, me dije para mis adentros. Luego sonreí, en los últimos peldaños, en plena oscuridad, en mí, esencial en las conveniencias, independiente, antes de llegar a mi habitación en la torre emparedada, mi habitación, mi punto de encuentro, adonde se reconoce la cometa que ha perdido cordura y timonel. Sonreí con un estremecimiento sutil y apasionado bajo el ombligo, como cuando sabes que nadie te está mirando y te juzgas rebajando la malicia que nos llevará a la tumba, la crueldad que en nosotros resulta comprensible. Leí las primeras páginas, los tatuajes se estimularon en un yo interior que parecía despertar de un coma. Cimbré como un clítoris. Esa energía. Y, entre tanto, yo, extendido. Y no, no pasó algo más aquel día.

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Que no entiendo la casualidad

Porque yo no voy con los momentos de otros

Y ni la verdad de un segundo enciende una llama

Que no entiendo un suspiro ni un roce que se derrama

Porque importa qué el fuego me marque y ardan mis labios y halla ceniza en mis ojos

no entiendo que se olviden los nombres de mí mientras viva la eternidad.

(Raquel Ruiz)

 

Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado, en sus esquemas de madera el golpe de vida te abría los ojos y ahondaba, se replegaban disposiciones que a veces parecían esquemas de algo etéreo, la temperatura y el efluvio de los cuerpos, el amparo de las voces y las conversaciones, y las risas, en las tonalidades y reminiscencias del caldeado que se atribuye a un conjunto de partículas que afloran en el recreo de una tarde lluviosa y enrevesada en una niebla que engaña las formas del final de las calles y las perspectivas. Adónde residirá la realidad, y cómo podremos reconocerla.

Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado y me abrí paso entre las mujeres y los hombres que brindaban y que, elevando la voz, me hacían partícipe de sus escenas, al rozarles, al disponer mi mano en un hombro desconocido, de alguien a quien jamás había visto.

Necesitaba un trago, y mis ojos no dejaban de mirar las caras de las mujeres y los hombres que brindaban y que también investigaban y centraban sus pupilas en lo desconocido que tanto nos gusta a los monos vestidos a la última moda y que hablan sin parar sobre sí mismo y sus imbecilidades. Qué ridícula puede llegar a ser la imagen de un puñado de inconsolados que acomodan su cara en la almohada con el rabo arrugado, con las tetas colgando, y los labios babeando más noches de la cuenta a la semana. Demasiadas, sabes. Qué ridícula puede llegar a ser la imagen de los que seleccionan sus estrellas, en momentos cruciales, tan sólo por una imagen que vale mil palabras que no pueden entender por la gula del vampiro. Y si la luna llena bajara a mirarles, frente a frente, elegirían tirarse una oferta de última hora para luego morir un poco después de los veinte segundos. Ja, ja, ja… me río con nervios y dudas.

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Había un chocante bullicio al abrir la puerta de la taberna de ambiente anaranjado, al cruzar la abundancia de fascinantes piezas de escaparate la vi a ella, recolocando su pelo como si se fuera a poner a cantar aquella canción de Siouxsie and the Banshees. Ella. Como si estuviera a unos fotogramas de cruzar sus ojos con los míos. Sentí unas ganas brutales de fumar y, aunque no estuviese permitido, saqué la cajetilla y la abrí, cogí un cigarro y lo llevé mis labios intranquilos. Lo encendí. Desprendía algo increíble mirando la barra. Parecía un unicornio, un trueno, carne boreal, un gigante caminando por el océano, y su proceder fatuo e imponente, prometía bengalas y arena blanca.

No sé cómo era su cuerpo, no podría darte datos para ponerte en las candelas, pero su cara, la forma en que estaba sentada, el juego de sus dedos en la pantalla del móvil, su boca en la copa, me pusieron burro. Mientras tanto, daba caladas y dejaba a una nube envolverme. Existía con la sensación de haber nacido solo.

Nos encontramos, y las miradas se fueron repitiendo, continuaban en una lluvia de alcances, preguntas y contundencia, una contundencia desmadrada.

Entonces llegó él y le dijo algo al oído mirándome a mí. Tú giraste la cabeza y me volviste a aprisionar con el brote de entre tus piernas. Nunca lo negaste. Por un momento me sentí desconcertado, pero luego me fui conformando. Aunque eso sí, no podía dejar de mirar para el rincón adonde estabais.

Luego apareciste detrás de mí, y te pegaste a mi espalda. Nos vamos, dijiste. Y parecía una consulta que se había disfrazado de afirmación. Vienes. Sí.

Y él. Él viene también.

Habían pasado diez minutos, quince, y paseábamos por, ¿Manhattan, Madrid?, qué más da. Verdad.

Me llamo, te llamas, soy, vengo, qué total, venga ya, y muchas formas que anticipaban a algo que no entendía. Llovía ligeramente. Es cierto que ella ocupaba toda la imagen, pero, detrás de ella, él también contaba, no sabría explicarlo.

Y luego ella otra vez, y esa rareza, esa autoridad, dominio, influencia, potestad. Joder… Algo brutal.

Me decía ven. Y yo era una presa, cediendo. Y en sus sombras los ojos de él, una suavidad masculina, leve, capaz. Verdad. Él viene también, y yo no le daba forma, no me hacía con las ideas. Sólo ella, ella y esos efectos, y él.

La besé con ansias. Nos besamos los tres. Ella me consumía, y él me distinguía de ella, me remediaba con caricias decisivas, y en la combinación me rozaba la mejilla con el reverso de sus dedos, me olía el pecho interponiéndose con acercamientos firmes e intermitentes, y tenues, agudos. Y deseé en todo momento las manos de ella sacándome la ropa. La danza de él. Y me hice en la confusión y la codicia de lo que es fugaz y que se presenta como algo dudoso pero ineludible, y no pude decir que no, yo quise. Gemidos. Tácticas de escenas borrosas, y el tono por las nubes, salido. Calor. Inconsciencia. Y mi contenido en expansión, en confines, sin patria, sin banderas, sin nada que objetar e incapaz de tomar la iniciativa. Susurros. La voz de ella, la de él detrás de ella. Las manos. Hubiese. Y navegué en un espacio indefinido en siglos de cien instantes de vacío, inclinación y voracidad. Quizás hubiera un hilo de maldad, de sed en exceso, de ansia. Luego subió la espuma y nos cubrió por completo de cúspide y encaje. Borrachera, confusión, hechizo.

Amaneció y nos miramos. No hablamos. Amaneció y nos miramos, incluso ahí, en ese fragmento de algo que empieza a perder el equilibrio, y a pesar de las garras, la heridas cicatrizando. Y, en la concisión de algo pleno, el silencio se rompió en cien pedazos…

OCOL

Colaboran: Raquel Ruiz y sus qué que se abren como una flor carnívora. Con los rayos del plexo y la barbaridad elevada a la cúpula de ah de la casa que se sabe abierta. Bella. Y E.Maldomado (ilustraciones) en expresiones de eternidad y emociones chacales que desdibujan lo que se dice real con manifiestos de máxima exponencial y reminiscencias del silencio. Gracias a los dos por vuestra generosidad que da sentido a esto que llamamos todo el rato.

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